11 nov. 2013

Cita solitaria con la belleza en Venecia, por poner puntos sobre las íes

Seguramente uno de los lugares menos indicados para viajar solo es Venecia. Sin embargo he querido volver a hacerlo para tener un reencuentro directo, personal y cercano con la belleza y aclarar algunos posibles malentendidos entre ella y yo. La belleza me ha dado cita a comer en la terraza del bar-restaurante Foscarini, a flor de agua del Canal Grande y al pie del Ponte dell’Accademia, acostumbrado a ser durante largos años el punto de arranque de nuestros encuentros. Le he explicado alrededor de la mesa que nuestro viejo collegamento, nuestro viejo vínculo es entre ella y yo, con independencia de las personas que haya visto a mi lado en épocas diferentes. Las decisiones, las conductas y las preferencias de esas personas son cosa suya y no han de interferir en el trato establecido entre ella y yo. Le he reconocido a la belleza que en algunos períodos no me he mostrado muy centrado en la relación con ella y tal vez no he estado a la altura. He hecho lo que he podido, con los elementos de que disponía en cada momento. Hoy le he pedido esta enésimo reencuentro para mostrarle que solo también la amo. No es la primera vez que la belleza y yo nos hemos avenido
luminosamente en Venecia sin nadie más, como ella recuerda.
Me ha escuchado sin hacer comentarios sustanciales, com si eludiera pronunciarse sobre la cuestión. Ha tenido la amabilidad de aparentar no ver cómo se me escapaba una discreta lágrima o dos. Después de los postres me ha pedido que fuéramos a tomar café dando un paseo. A pocos pasos del Ponte dell’Accademia en dirección a las Zattere nos hemos desviado por la Calle Nuova Santa Agnese y hemos bebido un café en la barra del bar Da Gino, uno de los auténticos que se conservan de cuando éramos más jóvenes. A la salida hemos atravesado el puentecito de la Fondamenta Venier. En el Campo de San Vio hemos enfilado la estrecha Calle della Chiesa hasta que el trazado nos ha obligado a girar por el codo de la Calle San Cristoforo para llegar a un minúsculo campiello ajardinado, tocado por la grandeza de las gracias pequeñas. Ahí nos hemos detenido unos instantes embrujados. La belleza me ha mirado fijamente y me ha parecido que se disponía a decirme algo que sentenciaría la conversación. No lo ha hecho. Tras retomar el paso, le he seguido exponiendo mis razones a lo largo de la Calle Babaro y el ángulo recto que cabalga el Ponte della Fondamenta Ca Balà, dejando atrás la Chiesa di San Gregorio y el inaccesible hotelito Centurion Palace. 
Al pasar bajo el sottoporthego de la Calle de l’Abazia la belleza se ha detenido de golpe, ha apoyado la espalda en la pared y me ha mirado de nuevo fijamente. Entonces ha hinchado el pecho, ha alargado los dos brazos hacia mi cuello y me ha dicho en voz baja: “Stai zitto e baciami”. He obedecido, enlazados tiernamente con la fuerza de una antigua calidez y prolongando el beso con el tiempo lento de la historia. No ha sido preciso nada más. En Santa Maria della Salute la belleza ha tomado la Línea 1 del vaporetto en dirección al Lido y yo he regresado a paso calmo hasta el Ponte dell’Accademia. Tan solo entonces, desde ese punto concreto, he sacado una foto con el teléfono móvil y la he enviado a una chica, a una chica distinta, con el mensaje: “Sto qua, bello da morire, dobbiamo venire insieme, milla baci”.

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