17 dic. 2013

¿Por qué dejamos morir a los faros?

La función de los faros se ha visto sustituida por nuevas tecnologías de comunicación marítima, salvo la función de la belleza cuando se asoman al abismo como una mano tendida de amparo en la tiniebla. En los faros siempre ha cohabitado la técnica con los sueños, la luz con la oscuridad, la inmovilidad con el giro perpetuo, la soledad con el auxilio, el infinito con un punto preciso. Desde su automatización veinte años atrás y la extinción de los fareros residentes, las autoridades responsables juran y perjuran que darán alguna nueva utilidad turística o cultural a la excepcional elegancia y ubicación de los faros, aunque de momento solo lo
han cumplido mediante un cuentagotas balbuceante.
 Los faros de funcionamiento automatizado siguen siendo seres vivos, elementos sentimentales del paisaje alzados al borde de ambos mundos opuestos, la tierra y el mar. Sin embargo se han convertido en parientes pobres del litoral, con contadas excepciones. El pequeño centro de interpretación de los faros del Mediterráneo, abierto en el faro de Tossa de Mar, solo duró de 2005 a 2008. El edificio del faro barcelonés de Montjuïc o del Morrot ha sido rehabilitado como centro de actividades, sin actividades. 
Cuando en setiembre de 2003 se presentó en las Atarazanas barcelonesas la exposición “Faros, los ojos de la noche”, la reseñé en el suplemento “Cultura’s” del diario La Vanguardia: “La legendaria fascinación del mar tiene en los faros sus puntos de exclamación más luminosos, ingredientes del atractivo mítico capaces de desbordar sus características meramente técnicas. Ahora más que nunca los faros pueden recuperar el carácter de puntos de exclamación del lenguaje del mar, reconducidos hacia una nueva utilidad que cada municipio de su radio de destello se ha apresurado a proponer”. 
Las propuestas no han llegado muy allá. Me resulta incomprensible, por ejemplo, que la aventura del faro de la isla de Buda, en el delta del Ebro, aun no haya sido objeto de alguna iniciativa épica. Ese ojo polifémico de la noche es el centinela vivo, mudo e incomprendido de un soliloquio crepuscular. En 1860 ya se construyó en esta isla deltaica un primer faro provisional con torre de madera, a la espera de inaugurar el definitivo de estructura metálica encargado al fabricante John Henderson Porter, sobre planos de Lucio del Valle. La farola del constructor inglés resultó un do de pecho de la ingeniería de la época, el faro más alto entonces de tales características: 55 metros, levantados en 1864 en la playa de la isla de Buda, en la embocadura del brazo navegable del Ebro. 
Su forma piramidal esvelta e insólita puede verse reproducida fotográficamente en todos los libros de la especialidad como una pequeña torre Eiffel de los faros. El equipo humano responsable contaba con tres fareros titulares y un auxiliar, con vivienda en la base octogonal de la misma torre para ellos y sus familias. 
En 1914 se produjo el nacimiento en este faro de los gemelos sietemesinos del farero Leonardo Sánchez Alcaraz y su mujer Ana Genil Freire, sin tiempo para llegar a la Maternidad de Tortosa. Otro farero soltero, Francesc Torres, se suicidó aquí en 1932 cortándose las venas, víctima de la soledad, poco después de marchar su madre. El faro metálico de Buda fue dinamitado durante la Guerra Civil por las tropas republicanas, alegando cuestiones militares estratégicas. Aunque malparado, se mantuvo en actividad hasta su ocaso definitivo el día de Navidad de 1961, abatido por un temporal cuando sus cimientos ya se encontraban descalzados y los pilares de sujeción corroídos. 
Los restos hundidos del faro se encuentran hoy 5 km mar adentro como testigo de la pérdida de terreno de la isla de Buda por el embate de las olas y la disminución del caudal del Ebro. Un nuevo faro de obra fue mal construido en 1962, con cimientos insuficientes y en un punto inapropiado. Pese a nuevos trabajos de refuerzo en 1965 para detener la inclinación, se derrumbó poco después. 
Desde 1983 el faro de Buda es una plataforma flotante amarrada al fondo marino, de funcionamiento lumínico automático. El mantenimiento tan solo requiere la visita rápida, esporádica y expeditiva de los técnicos que ya no quieren llamarse torreros o fareros, ni menos aun vivir como ellos. La importancia del faro de Buda se vio suplida desde 1983 por el faro del cabo de Tortosa, también alzado sobre una plataforma con los pies en el mar. 
En cuanto al flamante faro de la montaña de Sant Sebastià, en Palafrugell, se inauguró el 1 de octubre de 1857. Hoy es el más importante de Cataluña por el conjunto de sus instalaciones. Su vecino de la isla Meda Gran se halla enfilado con el de Roses y el de cabo de Creus. Un faro no era entonces solo la torre balconada, con cúpula acristalada para proteger a la óptica rotatoria que concentra los rayos de luz y los proyecta con una intermitencia definida, como relámpagos programados. Era también la vivienda integrada de dos o tres familias de fareros. 
El faro de la Meda Gran fue el último en estrenarse del Plan General para el Alumbrado Marítimo de España e Islas Adyacentes, aprobado por el gobierno de Isabel II en 1847. Tres meses después de su inauguración la reina era derrocada por la Revolució de Setiembre. En realidad aquel plan llegaba con retraso y pretendía nivelar la situación de las costas españolas con la imperante en otros países europeos vecinos.
La erección del faro del cabo de Creus en lo alto de cala Fredosa representó otro do de pecho de la técnica constructiva del momento. Fue el primer faro gerundense de la nueva era, inaugurado el 22 de septiembre de 1853, Reinando Doña Isabel II. El único aspecto en que no destaca es el arquitectónico. Parece igual que todos los demás del país, dado que el diseño fue encargado a ingenieros, siempre tan funcionales. Compartía la soledad con un cuartel de carabineros (ahora convertido en restaurante) y con los pastores. En 1952 le instalaron una nueva linterna óptica y la anterior acabó decorando la residencia de Salvador Dalí en Port Lligat. 
En 1959 se completó con el edificio anexo destinado a una tremebunda sirena acústica, capaz de emitir en noches de niebla gemidos desgarradores, unos mugidos despavoridos que sobresalían de la confusión atmosférica para avisar a los barcos de la proximidad de la costa. Con los nuevos sistemas de transmisión, la sirena enmudeció en 1981 y fue derribada en 2006. 
Cerca de un millar de personas celebran aquí a las ocho de la mañana de cada Año Nuevo el primer rayo de sol del año que recibe la Península Ibèrica, dorado y renovador, más o menos brumoso, en la punta más oriental del país. Algunos congregados aplauden en el instante del alba y acto seguido se libran a las sardanas, el chocolate caliente y los pasteles. La misma fiesta, iniciada aquí en 1990, se repite actualmente en el faro de la montaña palafrugellense de Sant Sebastià y en el mirador de la Torre de Montgó, en L’Escala. 
El rodaje alreededor del faro del cabo de Creus de la película La luz del fin del mundo, durante ocho meses del 1970, trajo a Hollywood hasta este yermo geológico, un paisaje lunar de tragedia griega, áspero y silencioso, modelado por el canto del cisne de la sierra pirenaica al hundirse en el Mediterráneo con una especie de escalofrío. Un paisaje eólico de tal intensidad convenía a la truculencia del guión cinematográfico, basado en la homónima novela de aventuras de Julio Verne. El presupuesto de la película norteamericana dio mucho de sí. Aquel año la temporada alta de los cadaquesenses se prolongó hasta Navidad. Incluso construyeron en hormigón, a precio fuerte, un gran faro de escenografía junto al real, una piadosa simulación de attrezzo con estructura hexagonal de 15 m de alto. 
Pese al incendio final del faro de la película, la estructura se mantuvo incólume. La ley exigía que el decorado fuese desmontado al terminar la filmación, pero el faro de los americanos permaneció en pie hasta que el ayuntamiento de Cadaqués reclamó al ministerio de Obras Públicas laminarlo 30 años después, cuando ya se había convertido en una seña estimada del paisaje. Muchas otras edificaciones más feas y pretenciosas merecían la piqueta antes que esa. 
Años atrás entrevisté al farero vasco Javier McLenan, de origen familiar escocés, cuando vivía en el faro de cabo de Creus. También lo hice con Antonio Aguirre Martín en el cabo de Sant Sebastià, ya secundado por la joven farera auxiliar Elvira Pujol Font, quien vivió a continuación en el de cabo de Creus durante veinte años, hasta 2001. Al conocerles yo debía tener en mente la idea mítica de los fareros como misántropos, los funcionarios del Estado más capaces de aproximarse a la condición de mitos literarios, instalados en un trozo de isla vertical que culmina con un balcón abierto al cielo y el mar. 
El farero real Javier McLenan era ciertamente barbudo, algo misántropo y novelesco, pero me puntualizó de entrada que en lenguaje actual él no se denominaba farero, sino técnico mecánico de señales marítimas. Llevaba dos años trabajando en el faro de cabo de Creus, procedente del anterior destino profesional en el de Tarifa (Cádiz). Lo había escogido porque era el más alejado de cualquier ciudad. Y me decía con convicción: “Yo vivo como un ciudadano normal. Hago mi trabajo. Representa una gran responsabilidad, pero también me deja muchas horas libres. Aquí vivo al ritmo de las estaciones. En verano me paso el día en el agua con esa barca de vela, un velero de regata. En invierno leo. La cuestión es tener siempre alguna actividad entre manos, de otro modo el oficio puede resultar bastante aburrido. En el faro de Tarifa, el lugar más ventoso de España y la punta más al sur de Europa, no me podía quedar más si deseaba ascender a titular, si, lo cual aun estaria allí. El levante de Tarifa es más fuerte incluso que la tramontana. La tramontana es una bendición: limpia el ambiente y seca esta maldita humedad” 
El faro vecino del cabo de Creus es el rosellonés del cabo Bear (foto adjunta), en Port Vendres, inaugurado por las autoridades francesas en 1836 con una solidez más ambiciosa que los de la reina española. Al aprobarse el plan que llevó a grabar la frase “Reinando Doña Isabel II” en el portal de tantos faros del país, no había ninguno en funcionamiento regular en toda la costa de la Cataluña peninsular, pese a la importancia de la ruta marítima y la entrada de la navegación en la era industrial. A partir de entonces la administración pública española tomó a su cargo esa responsabilidad, estatalizada y coordinada. Para ocuparse de ello creó el Cuerpo de Torreros de Faros, funcionarios civiles que debían instruirse mediante cursos impartidos en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid y pasar unas oposiciones para ganar la plaza. 
La Ley de Puertos del Estado y de la Marina Mercante, aprobada por las Cortes en 1992 a propuesta del ministro Josep Borrell, traspasó la gestión de los faros a las autoridades portuarias, que dependen del ente público Puertos del Estado. Los faros ya no eran necesarios, tras la implantación general de radares, satélites y GPS. En consecuencia, la misma ley declaraba a extinguir el Cuerpo de Técnicos Mecánicos de Señales Marítimas, los antiguos torreros o fareros, quienes dejaban de ser funcionarios de escalafón y pasaban a ser empleados libremente contratados por cada puerto responsable. Las modernas técnicas electrónicas de control de la maquinaria y las facilidades de acceso a puntos antiguamente aislados hacían innecesario que esos empleados viviesen en los faros como antes. Ahora ya no hay en Cataluña prácticamente ningún faro habitado, entre los 18 que se hallan lumínicamente en activo. 
Nadie ha escrito todavía la historia de los fareros. Menos mal de algunas aproximaciones como el trabajo publicado en 2011 La vida en los faros de España. El Cuerpo de Torreros de Faros o de Técnicos Mecánicos de Señales Marítimas (1851-1992), de David Moré Aguirre, nieto de ilustre farero.

1 comentarios:

  1. ¿Puedes decirme dónde está el faro de la foto que ilustra tu artículo?
    Muchas gracias por interesarte por nuestra común pasión: los faros.

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