4 ene. 2014

Recuerdo de Vicent Andrés Estellés, con mucha pirotecnia

En una ocasión lejana mi mujer y yo visitamos al poeta Vicent Andrés Estellés en su casa, en Valencia. La amenidad de la conversación y el interés de sus ojillos por el atractivo juvenil de mi mujer alargaron la sobremesa. Al anochecer nos pidió acompañarle a uno de los frecuentes homenajes que le tributaban en los pueblos de la antigua huerta de los alrededores de la capital, organizado como siempre por la red activista de su editor y amigo Eliseu Climent. Al acercarse la hora de la cena, Estellés solía acudir a un u otro homenaje. El autor de Llibre de meravelles pasó veinte años trabajando de gris redactor-jefe del diario local Las Provincias y, una vez jubilado y consagrada su poesía entre los lectores, gozaba ahora de la calidez del reconocimiento popular, tras publicar la torrencial Obra completa y convertirse en un referente cívico, divulgado también por múltiples cantantes. Su monumental Mural del País Valencià aludía y poetizaba con abundancia a
cada municipio, quien le devolvía el honor con alguna recepción festiva.
No recuerdo el nombre del pueblo al que acudimos aquella noche, pero sí la actitud complacida y paciente de Estellés durante toda la velada. Al disponernos a marchar junto con él, nos advirtieron que no podíamos hacerlo antes de la traca final, una expresión que en Valencia debe tomarse de modo absolutamente literal. Al salir de la sala y disponernos a cruzar la calle, nos vimos inmersos en el centro de la explosión pirotécnica celebratoria. La idea que cualquier persona no valenciana pueda hacerse sobre la definición de explosión pirotécnica resulta esquelética ante el volumen, la potencia y la sonoridad de la realidad local.
La fábrica más importante de Europa de explosivos de este tipo se encuentra en Llíria, rodeada de campos de naranjos, y factura cada año 8 millones de euros gracias a la exportación. Las mascletás no son fuegos de artificio visuales ni tracas entendidas simplemente como sucesión lineal de petardos unidos por una mecha, sino una construcción aérea de cordajes de los que penden los explosivos que detonan con una violencia inhumana para la mayoría de mortales y de lo más festiva para los autóctonos. El apocalipsis retumba a muy escasa distancia del espectador y lo quiebra o desconjunta si no está acostumbrado.
La frágil figura del poeta atravesó aquel infierno de fuego y estrépito con la misma sonrisa seráfica de toda la velada, incólume y reasegurado sobre el destino de su pueblo, mientras mi mujer y yo veíamos llegada sin remedio nuestra hora final o por lo menos una perforación de tímpano garantizada. Una mascletá no será jamás una traca, menos aun una traca final. Entiendo mucho mejor el vitalismo inagotable de la poesía de Estellés desde la mascletá a la que sobreviví aquella noche a su lado, en un pueblo de la huerta.

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