1 abr. 2014

Los amantes del bolero somos unos infelices

Los amantes del bolero somos unos infelices no porque hablen generalmente de amores contrariados (a eso ya nos acostumbramos), sino porque la mayoría de las veces son interpretados sin talento por cantantes que piensan que se trata de un género fácil, las baladas románticas de siempre que tan solo necesitan una dosis doble de azúcar de melaza para que los oyentes pongan los ojos en blanco y se abracen tiernamente. ¡Cuánta ignorancia! En realidad la canción romántica es uno de los géneros más arriesgados, una prueba de fuego del talento poético, musical e interpretativo. Pocos cantantes la han superado con personalidad, de modo que el bolero se ha visto manoseado hasta la caricatura. Si los amantes del bolero no lo dejamos correr definitivamente ni lo damos por muerto en su versión creativa (la única que interesa) es porque aun podemos aferrarnos como as un clavo ardiendo a la existencia de una prueba indiscutible y eminente de creatividad en la
materia, el disco de 1996 “Free boleros”, de dos talentos como Tete Montoliu y Mayte Martín. El bolero es eso y lo demás son cuentos azucarados y argucias recalentadas.
Asistí desde la primera noche a la gestación del prodigio, en el pub L’Eixample de la calle Diputación de Barcelona que regentaba Lola Gutiérrez, amiga de Tete Montoliu, cuando el pianista invitó a la jovencísima cantante de flamenco barcelonesa a improvisar algo con él. La primera grabación del genial resultado se realizó en 1990 y pasó a dormir en un cajón. Solo lo presentaron en 1993 en el Mercat de Música Viva de Vic y en 1994 en el Festival Internacional de Blues de Cerdanyola, aquella velada inolvidable (“Eu fui”, como dicen los brasileños) en que Tete Montoliu se entretuvo en tomar el pelo a su amiga cantante con continuos cambios de tono y falsas entradas. En 1995 se programó en el club JazzSí del Taller de Músics y hasta 1996 no subió a un escenario barcelonés convencional, en el festival Grec y en octubre de aquel año en el Palau de la Música, coincidiendo con la salida del disco. 
Hasta entonces los boleros habían sido patrimonio de los crooners: desde oriundos como Antonio Machín, Raúl del Castillo o Lorenzo González hasta autóctonos como Bonet de San Pedro, Jorge Sepúlveda, Juanito Segarra, Dyango, Moncho o los populares tríos creados aquí sobre la estela del éxito de Los Panchos, como Los Guacamayos o el Trío Guadalajara, hasta que las películas de Almodóvar o las versiones de Caetano Veloso les quitaron enérgicamente el polvo.
Los boleros wagnerianos de La Voss del Trópico brillaron en sendos discos de 1995 y 1999 con el piano de Francesc Burrull. Con boleros y rancheras Alfonso Vilallonga (padre) transformó en 1996 el dormitorio de su augusta abuela en el palacio de los barones de Maldá de la calle del Pi en pequeño club musical, reflejado en el disco “Una noche en el Círculo Maldá”, en compañía de Miguel Milá, Concha Serra y Ana Cristina Werring. José Agustín Goytisolo tiene en su obra poética un “Bolero para Jaime Gil de Biedma”. Antoni Ros-Marbá se inscribió a los veinte años en la Sociedad de Autores mediante su bolero “Déjame”. Y Jaume Sisa apostillaba: “Yo hago bolero re-la-mi-do, con acento en la o”. 
La procelosa decadencia de un género capital se convirtió en una nueva juventud con el disco de Tete Montoliu y Mayte Martín “Free boleros”, con un par de tangos incluidos. Echamos mucho de menos las genialidades de Tete. Las de Mayte Martín, por fortuna, aun nos sorprenden. Si un día cantase la guía telefónica, lo convertiría en una demostración apabullante de creatividad. El talento es eso, sencillamente eso. Lo demás son máquinas de hacer churros, productivas fábricas de longanizas musicales industrializadas, edulcoradas e improbables.

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