5 jun. 2014

Felipe VI de Borbón debe ganarse el puesto

Tiene en contra llamarse Felipe VI de Borbón, un nombre anacrónico y discutido, vista la nefasta experiencia de los antecesores familiares expulsados durante los dos últimos siglos (Fernando VII, Isabel II, Alfonso XIII) y la degradación vivida por el mandato de su padre. Tiene a favor la necesidad de legitimarse, como hizo su padre, con alguna aportación socialmente más persuasiva que el simple hecho dinástico. Si se tratase de un cargo electivo, no es nada seguro que en estos momentos lo ganase, menos aun en Cataluña. Criado en los círculos de la plutocracia del dinero, la primera decisión individual que tomó Felipe VI fue seguramente la casarse con una periodista divorciada y nieta de un taxista. Ahora necesita sintonizar con su propia generación, tener algo qué decir sobre el 55% de paro que la afecta y sobre el conjunto de agravios
vividos por los ciudadanos a raíz de la injusta gestión de la crisis en curso.  En Cataluña, forzado por la movilización ciudadana del momento de la transición democrática, su padre abandonó el consolidado centralismo borbónico y abrió paso al Estado de las autonomías, al restablecimiento de la Generalitat.
El hijo se encuentra hoy en la misma disyuntiva. Necesita representar algo distinto frente a aquel reciente comunicado oficial de la Casa Real, que en setiembre de 2012 decía a propósito de la situación en Cataluña: “Lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas”.
Mantener una actitud continuista sería sencillamente suicida para la corona que hereda. Su padre también fue un fiel alumno del franquismo y juró los principios fundamentales del Movimiento, antes de admitir de que por ese camino no iba a ninguna parte y cambiar el rumbo desde el poder. Tan solo se legitimó forzando las costuras de lo que había prometido mantener “atado y bien atado”. El hijo se encuentra en la misma encrucijada ante la crisis institucional, económica y social del degradado Estado democrático de las autonomías.
Le toca contribuir a reformarlo de forma convincente, desmarcarse de una parte del “antiguo régimen”. Es el precio de su nombramiento, su única misión importante si quiere ganarse el puesto y demostrar su utilidad.

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