Tiene en contra llamarse Felipe VI de Borbón, un nombre anacrónico y discutido, vista la nefasta experiencia de los antecesores familiares expulsados durante los dos últimos siglos (Fernando VII, Isabel II, Alfonso XIII) y la degradación vivida por el mandato de su padre. Tiene a favor la necesidad de legitimarse, como hizo su padre, con alguna aportación socialmente más persuasiva que el simple hecho dinástico. Si se tratase de un cargo electivo, no es nada seguro que en estos momentos lo ganase, menos aun en Cataluña. Criado en los círculos de la plutocracia del dinero, la primera decisión individual que tomó Felipe VI fue seguramente la casarse con una periodista divorciada y nieta de un taxista. Ahora necesita sintonizar con su propia generación, tener algo qué decir sobre el 55% de paro que la afecta y sobre el conjunto de agravios
