28 jul. 2014

No estamos diseñados para vivir solos, pero lo hacemos cada vez más

El último escrutinio del padrón de Barcelona revela que en el 31 % de hogares de la ciudad vive una sola persona y que esta cifra ha aumentado mucho, hasta duplicar en comparación con los datos de 1991. Del total de 204.000 hogares unipersonales que forman aquel 31 %, tan solo 87.000 corresponden a personas mayores de 65 años. También puede denominarse crisis rampante de la convivencia en pareja. Afortunadamente la manera de emparejarse ha evolucionado desde el hombre y la mujer de las cavernas, se ha civilizado como los demás aspectos de la vida en común, pero la evolución de las formas de trato no ha solucionado el problema de fondo, no ha mejorado en proporción la convivencia afectuosa, mutuamente enriquecedora y estable. La falta de entendimiento en las parejas se ha convertido en uno de los problemas privados más agudos de la sociedad moderna, un proceso clave de la convivencia humana que no ha avanzado. Algunos lo
ven como el reflejo justo del grado de independencia alcanzado por la mujer. Seguramente es así, aunque eso no cambia la agudeza del problema.
El amor y la convivencia estable se ha convertido para algunos en otro objeto de consumo, de movimiento perpetuo y obsolescencia veloz. Cuando una tercera parte de la ciudad vive sola, sin que sea atribuible primordialmente a los viudos, tal vez es preciso recordar que el amor forma parte de la tradición más valiosa frente al magma y el dominio de unos sobre otros, que son tendencias igualmente tradicionales, milenarias.
Las personas no fuimos diseñadas para vivir solas, en autarquía. Somos animales sociales, hemos sobrevivido porque vamos en grupo, necesitamos en alguna medida de los demás. Las leyes innatas de la naturaleza y la cultura no dictan que cada individuo se encuentre solo en el universo ni que haya explotadores y explotados. Claro está que muchas parejas aguantaban antes por obligación o por necesidad y ahora son más libres en sus decisiones, pero pasar la vida con alguien sigue siendo potencialmente la esencia y la pulsión de la vida, con ayuda de la inteligencia emocional y la claridad mental. Claro está que si no se sabe estar solo no se puede estar con nadie, pero a pesard e todo vivir significa relacionarse los unos con los otros.
Es muy posible que el amor sea la única épica cotidiana al alcance de los mortales, el único milagro. En contrapartida, resulta muy vulnerable. Puede contener el engaño, el hurto, la crueldad del simulacro, el duelo del desamor, la desforestación de las ilusiones, el pedregal de los intentos fallidos. En la azarosa lucha de siempre entre el cualquier cosa y su contrario, nada está nunca jugado del todo. El amor prevalece sobre el conocimiento, el desamor también.
Debe haber amores razonables y estables, así como amores inexplicables y malogrados. Los cínicos, los fatalistas y los bobos pretenden que el amor no es más que una utopía emocional de los románticos irreparables, una evasión más o menos compartida del miedo a la soledad y al tedio, la última quimera a propósito de la tierra prometida, el equivalente laico del mito de la salvación, la eterna ilusión de creer que la vida puede mejorar con generosidad y pasión. Otros suponemos que para amar es preciso primeramente saber maravillarse, creer en ello con una cierta disposición y celebrar que el sol y el deseo aparecen cada día.
El amor y la convivencia son un instinto básico --uno de los más nobles-- y todas las funciones vitales mejoran cuando hay un incentivo para compartirlas. Sin embargo la cantidad de personas de esta ciudad que viven solas ha duplicado últimamente y ya representa un tercio del total.

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