2 dic. 2014

El Canigó ha reaparecido, visto con el temblor inocente de la ternura

El lunes 1 de diciembre el diario perpiñanés L’Indépendant publicó, puntualmente como cada año, la noticia de las primeras nieves que cubren completamente el pico del Canigó, con la foto de actualidad correspondiente y bellísima, sacada tras los días anteriores de nubarrones y precipitaciones, como un saludo a la bonanza recobrada. Cuando el Canigó aparece en majestad en el horizonte, señal de buen tiempo. El pico no alcanza la condición de un “3.000”, no rebasa ni siquiera los 2.900 metros del Carlit, el Puigmal, el Comapedrosa ni el Puigpedrós, porque su grandeza no radica en las cifras, sino en la percepción visual de un macizo que se yergue solitario entre los dos grandes llanos del Ampurdán y el Rosellón, a
proximidad del Mediterráneo y las rutas de comunicación que lo rodean.
Uno de los principales observatorios de esa atracción es la autopista que sigue todavía hoy el mismo trazado de la Vía Heraclea de los íberos y la Vía Augusta de los romanos. La comparecencia del macizo alegra la visión del paisaje desde la altura de Maçanet de la Selva, al azar de los meandros de la ruta y la meteorología del día.
El brillo de la nieve excitada por el sol le da un fulgor diamantino, una vitalidad anímica sin tara. La aparición del Canigó magnifica al horizonte, lo incentiva, lo aproxima, lo entusiasma. Actúa como un reactivo contra los días espesos, los sentimientos nebulosos y los cielos cortos. 
Depende de la tramontana, la cual despeja la atmósfera y recupera el dibujo del color de las cosas, un color tónico y lustrado. Entonces la claridad del aire invita a palpar la turgencia de las formas, por lo menos entre quienes tenemos propensión a mirar al mundo con el temblor inocente de la ternura. Estos días realimentan las fuentes del deseo, lo desentumecen. No generan por sí solos el sentimiento de felicidad, aunque de algún modo lo intuyen, lo huelen.
El paisaje se deja mirar esos días como el pequeño parnaso posible de un cuadro de Tiépolo, fomenta la salivación pavloviana de poseer las cosas, la ilusión de mirar al cielo despejado para encantarse con el vuelo de los vencejos y creer encontrar en sus aleteos un pequeño tesoro terrenal recuperado, con el Canigó como majestuoso telón de fondo protagonista, resplandeciente de nieve por primera vez este otoño, como lo anuncia L’Indépendant.

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