4 mar. 2015

Mallorca se ve desde Barcelona, alegato contra los incrédulos

La mayoría de personas ponen cara de creerlo educadamente cuando se lo aseguran, aunque en el fondo se mantengan incrédulas ante el entusiasmo con que algunos amantes de los mejores miradores del país afirmamos que desde el Tibidabo barcelonés, el Turó de l’Home en el Montseny, el macizo de Montserrat, el pico de La Morella en Begues (Garraf), el Castillo de Escornalbou en Riudecanyes (Baix Camp) o el santuario de la Mare de Déu del Mont en Bassegoda (Alto Ampurdán) algunos días propicios se alcanza a ver Mallorca, que se encuentra a 190 km de distancia en
línea recta. El meteorólogo Alfons Puertas colgó en Twitter el pasado lunes la sensacional foto adjunta, tomada desde el Observatorio Fabra del Tibidabo (412 m de altitud) al alba, el momento del día en que la silueta de la isla balear, concretamente el perfil de la Serra de Tramuntana, se recorta más claramente en el horizonte, si se dan determinadas condiciones meteorológicas.
Estas condiciones van ligadas al efecto óptico del grado de refracción de la atmósfera provocado por la aparición de determinados vientos (el pasado lunes soplaba poniente). La diferencia de densidad entre las capas atmosféricas curva ligeramente los rayos de sol y permite ver lo que hay en la lejanía. Dicho más directamente, el fenómeno se produce los días claros, nítidos, despejados. El fotógrafo Robert Ramos ya lo retrató en noviembre del 2013, también desde el Tibidabo, aunque no tan afortunadamente como esta última vez. El mismo efecto permite en días escogidos fotografiar el Pirineo desde Valencia o el Canigó desde Marsella. 
Tan solo en teoría el aire es un estado gaseoso invisible, incoloro, transparente, inodoro e insípido. Algunos días el viento hace variar la intensidad de la luz solar y acerca la percepción visual, dado que el grado de sequedad propio de la atmósfera límpida, la presión barométrica y la temperatura distinta según las franjas atmosféricas modifican el índice de refracción. La luz no es más que una forma de onda electromagnética y su índice de refracción equivale a la relación entre la velocidad de onda al medio de referencia (el vacío) y la que adopta en el medio dado en cada momento. La claridad es tributaria, por consiguiente, de la estructura molecular más o menos limpia de la atmósfera y la permeabilidad que se deriva. 
Por eso el color del cielo no es nunca igual, debido a la interacción de los rayos solares con la atmósfera cambiante, pese a que la luz del sol siempre sea imperturbablemente blanca en términos empíricos, desprovistos de contraste con la prodigiosa versatilidad de lo que contemplan nuestros ojos, tanto si la ciencia llega a explicarlo comprensiblemente como si no. Algunas percepciones sensoriales resultan difíciles de creer, sin embargo la mirada lleva mucho tiempo registrando la inmensa riqueza de los fenómenos del mundo sin preocuparse forzosamente por entenderlos del todo en el plano científico.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada