21 abr. 2015

La Expo universal de Milán restaura la “capital moral” de Italia

Este artículo también se ha publicado en Eldiario.es, sección Catalunya Plural

Del 1 de mayo al 31 de octubre abre las puertas la Exposición Universal de Milán sobre una idea de relanzamiento de la “capital moral” de Italia, la segunda ciudad del país y la que ejerce el liderazgo económico. Entre las fortunas de aquel país figura haber sabido zafarse en algunos aspectos del centralismo y entender que la idea de bicapitalidad no representa ningún ultraje. Milán es una capital considerada gélida por error, de riqueza poco acompañada por la efervescente belleza de otras. Le suelen atribuir una nubolosidad plúmbea, una prosperidad áspera, un dinamismo gris, un encanto utilitario, una poesía de talonario. Craso error. El oro de Milán posee un brillo solo mate en apariencia. Se acostumbra a llegar por el aeropuerto de Linate o por el de Malpensa, cuando no están cerrados por culpa de la típica niebla milanesa. Antes se llegaba más
a menudo por la Estación Central, cuya escalinata estampaba al viajero contra el moderno rascacielos Pirelli y garantizaba el impacto estético. El rascacielos Pirelli simbolizó la pujanza de una multinacional milanesa.
La Lombardía debe una gran parte de su primacía a la Pirelli y la Montedison, como el vecino Piamonte a la Fiat y la Olivetti. Los condottieri del siglo XX eran industriales de esta región, antes de que irrumpiera --también desde Milán—la ingeniería financiera de los Berlusconi y adláteres. 
El dinamismo milanés no ha conocido ninguna interrupción importante, ha esquivado las crisis industriales y postindustriales. Ahora es la capital del sector “terciario avanzado” y concentra una alta proporción de empresas de informática, ingeniería, telecomunicaciones, servicios financieros, publicidad, relaciones públicas, moda, editoriales... 
La investigación judicial llamada Manos Limpias destapó a partir de 1992 en Milán el fenómeno de la Tangentópolis (tangente significa soborno, comisión percibida irregularmente), con sumarios abiertos a más de 4.000 políticos y empresarios. La mitad acabaron ante los tribunales. El hecho zarandeó a la clase política y económica milanesa, al complejo de superioridad nacional de la vieja burguesía nórdica. También nacieron entonces en Milán los dos nuevos partidos políticos que llegarían al gobierno de Roma: la secesionista Liga Norte de Umberto Bossi y la populista Forza Italia del magnate Silvio Berlusconi destinadas a barrer el papel central de la Democracia Cristiana y el PSI en el mapa político italiano. 
En Milán proliferan hoy los políticos y empresarios de nuevo cuño, sin embargo el decorado ha cambiado menos que el elenco de actores. Milán es una ciudad nórdica y por consiguiente introspectiva. Sin duda italiana, dinámica y rica, pero nórdica. Es preciso circular sin enfundar nunca el paraguas y dejar de circular cuando cierran los comercios, porque aquella “hora después” del horario comercial provoca en el centro urbano una desolación palpable. 
Al gótico flamígero del Duomo le han limpiado las fachadas y ha adquirido una carnación más pálida. El dinamismo milanés se ve más sinceramente evocado en el genuino románico lombardo de la basílica de San Ambrogio o en el renacentismo de Santa Maria delle Grazie. Resulta inevitable el paseo turístico por la azotea panorámica del Duomo, aunque la seducción del arte debe cortejarse en otros puntos más escondidos, con un discernimiento más vivo. 
La plaza del Duomo cobra protagonismo como explanada de confluencia, de encuentro. Las remodelaciones parciales han sido continuas y finalmente bastante inútiles. Dentro de su amplitud inorgánica, el punto de articulación más claro del movimiento ciudadano es el arco de triunfo civil que marca la entrada a la galería Vittorio Emmanuele II, conocida por il salotto
Todo el mundo desfila bajo la cúpula de cristal de esta nave basilical del comercio. Se dan cita, toman el aperitivo o el café en las terrazas de los bares, almuerzan o cenan en los restaurantes, deambulan ante los escaparates, van a bouquiner a las grandes librerías de la galería, a comprar discos y videos en el megastore Ricordi, a mirar las últimas novedades expuestas en materia de corbatas, fulards o sombreros, aunque dentro de este salotto el protagonismo del textil milanés se haya centrado mucho en la clientela turística. En las terrazas o tras los ventanales de los bares de la galería se contemplan los abrigos con mejor aplomo del continente europeo, así como la elegancia de algunas milanesas para conjuntar el abrigo visón con los pantalones tejanos. 
Las grandes familias de la nobleza local gobernaron la ciudad y la región en alianza o en oposición alterna con las potencias extranjeras. En la época del conde Juan Galeazo Visconti, a las puertas del siglo XV, Milán ejercía de capital de una gran parte del norte de la península, hasta que las peleas de franceses y españoles por el control del Milanesado impusieron tiempos de incertidumbre. La etapa de administración hispánica de 1535 l 1706, a raíz de la cesión del ducado por el emperador Carlos V a su primogénito Felipe II, no resultó especialmente floreciente. 
En la basílica de San Lorenzo Maggiore se lee un rótulo que reza: “Dal 1536 Milano subì per 170 anni il dominio spagnolo. Tasse, cattiva amministrazione, legislazione arretrata ostacolarono enormemente lo sviluppo della città, che lavorava e esportava tessuti di lana, di seta e broccatti” [“A partir de 1536, Milán padeció el dominio español. Impuestos, mala administración y legislación atrasada obstaculizaron enormemente al desarrollo de la ciudad, que trabajaba y exportaba tejidos de llana, seda y encajes]. 
El príncipe Eugenio de Savoya aprovechó la Guerra de Sucesión de la monarquía hispánica para conquistar el Milanesado y cederlo al control de Austria. Tras el paréntesis napoleónico de 1796 a 1814, hasta 1859 la ciudad no se incorporó al reino de Italia, al actual país unificado. El paréntesis napoleónico tuvo un alcance fenomenal a través de Henri Beyle, Stendhal. Las estancias del escritor francés en Milán supusieron una importancia decisiva en la obra de un autor que deseaba ser enterrado bajo el epitafio “Qui giace Arrigo Beyle, Milanese”. 
Hoy el centro del municipio es una ciudad oficina. Reúne a cerca de 2 millones de habitantes, nivel que alcanzó alrededor de 1970, sobre todo por la inmigración del sur italiano (en 1850 contaba apenas 240.000 habitantes). Si se suma la comarca metropolitana, que incluye hasta Bérgamo y Varese, llega a 4 millones. De todas las personas que colapsan cada día el centro a pie o en coche, no queda ni una después de las ocho de la tarde. En el centro residen tan solo 35.000 personas, la mitad del número de espectadores de cada domingo en el estadio de San Siro, compartido por los nerazzurri del Inter y los eternos rivales rossoneri del Milan. 
Los esquemas de conducta italianos, arraigados en la comedia dell’arte y la picaresca nacional del arte di arrangiarsi, conocen en Milán variantes propias cargadas de alegatos a la diferencia. El milanés posee una manera diferente de ser italiano sin dejar de serlo. En el país del “Piove, governo ladro!”, la contaminación urbana milanesa tiende a ser vista como una venial perversión de la propia atmósfera y no un exceso de automovilistas, una inmoralidad natural de los elementos, una simple fatalidad estadística contra la que los humanos nada pueden hacer, del mismo modo que frente a la lluvia o la nieve. Aquí llevan mucho tiempo convirtiendo a los desequilibrios en un constante cambio de postura de los equilibrios. 
El protagonismo de los arquitectos y diseñadores provoca que algunos puntos de la ciudad constituyan un constante desfile de modelos, arriba o abajo de la pasarela. El 70 % de los abundantes empleados de relaciones públicas son mujeres, las temibles pi-erre, abreviación fonética que oficialmente significa public relations y oficiosamente pranzi e ricevimenti (almuerzos y recepciones). Los auténticos desfiles de modelos no son los que montan a fecha fija los estilistas, sino los que protagonizan cada día las compradoras en el “cuadrilátero de la moda” formado por las calles Montenapoleone, Gessú, San Andrea y Via della Spiga, donde impera una apariencia de discreción. El lujo heredado se desmarca de las ostentaciones de los nuevos ricos. El viejo carácter europeo contrasta frente a las puerilidades de los millonarios norteamericanos o chinos. 
En Milán ni grandilocuencias ni aparatosidades. Antiguos palacetes acogen dentro del trazado convencional del barrio burgués auténticos templos del lujo casi de incógnito, sin más enunciado que unos nombres míticos expresados en letras pequeñas: Versace, Armani, Ferragano, Valentino, Ungaro, Ferreti, Cartier, Damiani, Gucci. Los escaparates proyectan la misma contención, incluso un cierto despojamiento, una austera depuración de formas. No suelen anunciar el precio de los artículos expuestos en las vitrinas. Más que entrar a comprar, a estas tiendas se entra a ejercer el privilegio de aquellos que no necesitan saber el precio. 
Algunos dependientes son el vivo retrato de los modelos de los desfiles y anuncios de moda. Probablemente son las mismas personas. Si todos los visones que pasean por estas calles en forma de abrigo, chaquetón o estola se reencarnasen de golpe, compondrían una riada como la de Hamelín. 
La moda vestimentaria se ha convertido en Italia en un imperio económico y ese imperio tiene la capital indiscutida en Milán. Le viene de lejos, puesto que durante largos siglos fue el primer centro sedero de Europa. Ha logrado formar parte de la tríada de capitales mundiales del negocio de la moda, con París y Nueva York. El aumento del papel social del ramo de la moda en Milán, en detrimento de los antiguos condottieri de la industria y las finanzas, también ha sido visto como una causa de la decadencia del tono muscular de la ciudad. 
El escritor Alberto Arbasino opinaba: “Es posible que en Milán el éxito comercial de la moda haya humillado a cualquier otra actividad ciudadana, porque la moda gana dinero y lo ofrece en cantidad, de modo que exige y obtiene solamente calificativos elogiosos y superlativos, mientras todos los demás trabajos y oficios atraen algunas veces elogios y otras veces críticas. Eso ha transformado a una ciudad que era multiforme en un triste monocultivo comparable con la Turín automovilística de la Fiat”. 
Milán ya organizó la Exposición Universal de 1906 y ahora toma el relevo de Shangai 2010. La Expo milanesa 2015 ha elegido como lema "Alimentar al planeta, energía para la vida". Es una simple coartada para redescubrir la “capital moral” de Italia con sus mejores argumentos “repristinati”, restaurados con la capa de barniz del nuevo siglo.

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