29 abr. 2015

Las nuevas y las viejas tensiones alrededor de las islas Medes

El buceo en las islas Medes se ha convertido en una actividad económica que enfrenta estos días a las empresas del sector con el sentido de la mesura y la ilusión del bien común que defienden científicos y ecologistas, a raíz de la duplicación de inmersiones autorizadas por día en el nuevo plan de gestión del parque natural, actualmente en fase de alegaciones. El número total de inmersiones permitidas por año y el límite de 45 submarinistas a la vez sería ligeramente superior al actual, aunque con la variante sustancial de poder acumular durante los fines de semana y en verano la carencia de los días de mal tiempo, mediante
varios turnos diarios de 45 submarinistas y la aglomeración correspondiente.
La frecuentación humana de las Medes se realiza a bordo de numerosas embarcaciones privadas o colectivas de excursión organizada, basadas en el puerto del Estartit. Afecta al perímetro marítimo, no a la escasa tierra firme del territorio insular. La prohibición de usar anclas (para preservar los fondos), así como de velocidades superiores a tres nudos, parece atraer por contradicción más barcas todavía.
Los fondos submarinos de las Medes gozan de características que han convertido sus valles de tinieblas en paraíso submarinista. La opulencia de estas aguas va ligada a la aportación en materias nutrientes por parte de la desembocadura del río Ter, que se encuentra justo enfrente. La belleza submarina del archipiélago se hace visible ya a escasa profundidad, lo que permite que se aventuren los buceadores sin necesidad de una gran dominio técnico de la inmersión. 
Los riesgos de esa concentración provocan cada año accidentes entre los submarinistas. A pesar de su persistencia, El Estartit no dispone de cámara hiperbárica para salvar la vida de algunos accidentados. Sin embargo la empresa Ports de la Generalitat, adscrita al Departament de Política Territorial y Obras Públicas, ingresa más de 300.000 euros anuales por las tasas que pagan los submarinistas por cada inmersión. 
El archipiélago no es más que la prolongación desmembrada del macizo del Montgrí en su zambullida en el mar, a cuyo abrigo surgió el puerto del Estartit, que es la marina de Torroella. La osamenta rocosa de las Medes está formado por siete unidades, yuxtapuestas sin mucho nervio vertebral, dentro de un armónico desorden. Se trata de la Meda Gran, la Meda Xica, el Carall Bernat, los Tascons Grossos, el Medellot, los Tascons Petits y las Ferranelles, además de varios escollos de menor entidad. 
La distancia desde el puerto del Estartit es de menos de un kilómetro, aunque esa corta navegación pueda presentar bastantes dificultades en caso de mar agitada, sin que lo parezca o tal vez precisamente por eso. Desde la ciudad francesa de Tolón y sus islas Hyères hasta las Columbretes de Castellón de la Plana, no hay otras plantadas en el mar de las dimensiones de las Medes. 
Recorrí su superficie a menudo, antes de que el archipiélago fuese declarado reserva natural protegida y prohibido el desembarco sin autorización, antes también de perder la capacidad de maravillarse con la épica y la ternura de las pequeñas cosas que la naturaleza ofrece al alcance. Poníamos pie a tierra en el antiguo embarcadero, abrigado de tramontanaa. Amarrábamos la barca, subíamos por el camino zigzagueante que conduce hasta el altiplano del faro y nos adentrábamos en los parajes abandonados para reseguir viejas leyendas y descifrar el vacío de su silencio, combinando el dominio del terreno con el conocimiento emotivo y el emocional. 
En la fuerte pendiente del camino de acceso subsistía una frondosa higuera, a cuya sombra pastosa y perfumada descansábamos, a medio recorrido de la ascensión. Algún algarrobo en estado de pura supervivencia, algún olivo con vaga intención de porte arbóreo, las chumberas, agaves y matorrales eran la única vegetación que levantaba un palmo del suelo. 
Alcanzado el faro, topábamos con la populosa, excitada y chillona presencia de las gaviotas, la principal colonia de gaviotas del Mediterráneo, de unos 40.000 ejemplares calculados. El primer censo realizado en 1974 indicó la presencia de 6.000 parejas reproductoras. Siete años más tarde ya eran 7.500 y en 1991 alcanzaban las 14.000. Sumadas a sus descendientes (dos o tres por nido cada primavera), se deducía el cálculo de los 40.000 ejemplares concentrados. 
No tomaban con muy buen humor nuestra aparición de intrusos en su territorio, sobre todo de marzo a junio en que incuban los huevos de las crías, los nidos construidos en la sabana formada por abundantes matojos secos. Mientras recorríamos los caminos de la isla desolada, a veces teníamos que defender nuestras cabezas con un palo en alto. Los vuelos rasantes y ataques en picado de las gaviotas resultaban progresivamente amenazadores, aunque raramente la agresividad llegase al contacto físico. 
Conseguir esquivar el lanzamiento aéreo de excrementos no resultaba tan seguro. El olor de las deyecciones ponía un telón de fondo macizo a nuestra excursión. Los matojos parecían los únicos capaces de aprovecharse de la lluvia de estiércol, combinada con la aridez y el salobre. El tupido matorral camuflaba los nidos y la abundancia convertía en difícil no pisar alguno. 
Dentro de la familia de las gaviotas, la especie omnipresente en las Medes es la gaviota argentada (Larus cachinnans), de plumaje blanco y grisáceo en la parte superior de las alas y el vientre que alguien quiso comparar con la plata. Los polluelos, de un marrón oscuro, tan solo adquirían el plumaje adulto a partir del cuarto año de vida.
Este pájaro goza aun de una excesiva celebridad poética, tal vez por la facilidad de contemplar su vuelo aparentemente elegante. También debe haber contribuido la canción “La gavina”, del maestro Frederic Sirés, popularizada por Marina Rossell y los grupos de habaneras. 
En realidad la gaviota tiene muchos números para ser considerada como la auténtica rata del mar, a causa de los hábitos no muy higiénicos de consumo y de su demografía galopante. Actualmente aparece más tierra adentro para disputar a otras especies el territorio y los recursos de subsistencia. En las Medes incluso los ecologistas admitieron –y practicaron-- la necesidad de reducir la proliferación. 
Otras especies anidan igualmente en las Medes, beneficiadas por la rara comodidad que procura la ausencia de humanos, concentrados por una vez en el agua y no en tierra.

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