10 may. 2015

Elogio y devoción de los majestuosos grises republicanos de París

Estos últimos días en París me he fijado en los colores grises de la ciudad. El color gris tiene reputación triste por alguna razón incomprensible. No forma parte de los seis tonos básicos (blanco, negro, azul, rojo, verde, amarillo), relegado a la condición de semitono igual que el violeta, el rosado, el naranja y el marrón. La grisura se usa equivocadamente como sinónimo de falta de carácter, monotonía y mediocridad, como si este punto de la paleta fuese un equivalente del blanco sucio o del medio luto, un tono nebuloso, apesadumbrado, átono, indeciso, lívido, melancólico, plomizo y cetáceo. Todo eso es un error, un vulgar error. En realidad el gris es un de los colores de mayor plenitud y sabiduría de toda la
gama, el de los matices más numerosos, sutiles y elegantes. Valorar el espectro del gris representa un arte mayor: del gris perla casi transparente al gris acharolado, el gris ahumado, el gris de asfalto, el gris reluciente del estaño... Es el color majestuoso del reverso de las hojas del olivo y el de la ciudad de París. Con eso debería bastar para rebatir la infundada leyenda gris.
Es cierto que los majestuosos grises republicanos de París suelen presentarse con el fond de teint, la base de maquillaje de la humedad suspirante del clima atlántico, sumado a la capa de contaminación atmosférica que agobia, destiñe y macera el aire de la capital. Sin embargo algunos días selectos luce el sol e incita los grises parisinos a adoptar, exaltados por un ímpetu biológico, el tono radiante, literal, titilante, trémulo, solvente y contrastado, como la culminación de un enardecimiento llevado al punto más elevado de los agudos impostergables, espontáneos y triunfantes. 
La vena poética del color gris adopta los días despejados y translúcidos una ilusión volátil, visto a contraluz como una forma crepitante de poesía, un estado de sugestión que envanece la mirada habitualmente adaptada a la limitación recalcitrante de las cosas. Esos días fúlgidos París se hamaca en la ensoñación de su elegancia con una largueza que estimula el sistema de gestión de las emociones y lo hace con una armonía viva y cambiante del combate interno entre la belleza y el aristocratismo preciosista, que en realidad no es más que la tendencia universal al merengue de la cursilería. 
Esos días escogidos (sobre todo ahora que los omnipresentes castaños de Índias de los parques y calles de la ciudad exhiben las infloraciones en forma de racimo erecto, que los jacarandaes estallan en color violeta y los tilos están a punto de hacerlo con la pequeña flor blanca) se produce en París una luz esbelta y tensa sobre les arrugas de la vida, un brío del aire que exfolia de retórica a la geografía del cielo, una irradiación anhelante del vínculo existente bajo la primera capa de las cosas, una aura proteica y fluyente de la realidad, una fibrilación de la tibieza ambiental, una propensión litúrgica a la acción de gracias y al platonismo práctico, un principio psicoactivo de la impaciencia, el parpadeo jaspeado del sol sobre la víscera viva del mundo, una temperatura benigna del flujo sanguíneo que murmura al espíritu algo juguetón mientras le desabrocha el ganchito con la candidez que ni siquiera Voltaire logró torcer, en búsqueda de la verdad suntuosa, cenital y desnuda. 
Son días para tumbarse en el césped de la Place des Vosges, sentarse al borde de los muelles del Sena con los pies colgando sobre el agua del río, tomar café en alguna terraza de Saint-Germain-des-Prés o correr al Jardín del Luxemburgo, que es lo que yo acostumbro a hacer. Pero eso solo se produce en algunas fechas escogidas. 
En general los majestuosos grises republicanos de París se presentan tras el velo opalescente de la versión húmeda durante los frecuentes días cubiertos o lluviosos en intensidades variadas pero redundantes, con un cielo de lagrimal suelto y vicios de forma. Aquí el ciclo del agua posee más ritmo. La humedad atmosférica hace variar más a menudo la dispersión de la luz, las condiciones infinitamente móviles de nuestra percepción del abanico de colores. Entonces los grises mojados de París adoptan un tono todavía más vivo, más convencido, más luminoso, aunque menos transitable.
Hablar de días nublados o lluviosos es poco exacto en el clima nórdico. En realidad en un mismo día pueden cohabitar nubes de gravedad desigual con lloviznas o trombas de parentesco distante, junto con volubles claros soleados. 
Los grises mojados tienen otro tipo de gloria, otro valor moral. Los peligrosos días de quietud estacionaria reclaman otra clase de creatividad para encarar la realidad cruda y no ser víctima de las golosinas. Con lluvia es preciso refugiarse en el Louvre para contemplar los jardines de las Tullerías desde los ventanales del museo, acudir a alguno de los conciertos gratuitos de órgano a la nave gótica de la iglesia de Saint-Merri (junto al Beaubourg) o encerrarse en la habitación del hotel a practicar yoga o lo que sea con libertad, igualdad y fraternidad.
Y, sobre todo, saber inventar y esperar, poner a prueba el método usual y combatir todo aquello previsible que almacena la conciencia. Después de la lluvia los grises de París suben siempre de un tono, quizás un semitono, pero suben sin excusa que valga. En eso me he fijado estos últimos días.

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