2 jun. 2015

Una “selfie” en el Partenón, obra maestra de los primeros ciudadanos indignados

El recinto del Partenón, en la cima de la Acrópolis de Atenas, abre las puertas a los visitantes a las ocho de la mañana. Suelo acudir a esa hora, no solo para esquivar la aglomeración de grupos turísticos. La prodigiosa luz solar que caracteriza la llanura del Ática ofrece el color de mayor ternura a primera hora, cuando el sol todavía poco alzado pinta las columnas dóricas del templo de un color exacto de oro fulgente (o de pan recién horneado o de miel, como se prefiera), rutilante, puro y crepitante, capaz de demostrar que la piedra inerte puede ser tan efusiva y la dureza marmórea tan dulce. Se trata de una de las construcciones más luminosas que ha levantado y maltratado el hombre los últimos treinta siglos, un ejemplo de perfección y sobriedad, el
símbolo monumental de la Atenas democrática, la traducción en piedra del espíritu creativo de aquel clasicismo y una imagen viva de la libertad, la belleza y la cultura. Paga la pena poner el despertador. Este último fin de semana me acompañó mi hija y tomamos esta “selfie”.
Atenas se sacó de la manga el siglo VI aC el concepto de democracia como sistema de gobierno. Lo inventó y lo aplicó, dentro de un paso de gigante histórico, para evitar la guerra interna mediante las buenas leyes puestas al día, tal como expuse en mi libro El mirall de l'Acròpolis. Entre los años 621 y 508 aC las plataformas ciudadanas de atenienses indignados y movilizados nombraron a tres árbitros, mediadores, legisladores, magistrados o arcontes con poderes reguladores (Dracón --el de las leyes draconianas--, Solón y Clístenes), encargados de hallar una salida beneficiosa para la mayoría a las tensiones entre las familias propietarias de la tierra frente a los campesinos, artesanos y comerciantes. 
Naturalmente, la stasis o guerra interna iba acompañada por la polemos o guerra externa declarada por el vecino imperio persa, que dominaba un extenso territorio de Irán hasta Egipto. La primera de las tres guerras médicas contra los persas la ganaron los atenienses en la batalla de la llanura de Maratón el 12 de agosto del año 490 aC. A pesar de los 300 heroicos espartanos de Leónidas, la segunda se decidió en el desfiladero de las Termópilas a favor de los persas, que van saquearon Atenas, antes de ser derrotados y expulsados por los atenienses en de la batalla naval de la isla de Salamina el año 480 aC. El emperador persa volvió a la carga al cabo de pocos años, pero la Liga Ático-Délica fundada por Atenas y Esparta para defender el territorio y las colonias jónicas del Ásia Menor logró de nuevo la victoria. 
El resultado de la batalla de Salamina abrió la puerta al gran período ateniense, el siglo de oro que apenas duró cuarenta años y que todavía hoy admiramos. La ciudad se encontraba por completo pendiente de reconstruir, bajo la dirección ilustrada de Pericles. El Partenón se edificó para custodiar el tesoro de la Liga Ático-Délica, transferido desde la isla de Delos. Hasta entonces eran más importantes los templos de Delfos, Olimpia, Delos o Samos. El Partenón ateniense sería el mayor de todos, levantado en tan solo diez años, del 447 al 437 aC. 
Fidias fue el maestro de obras y coordinador de los escultores, conjuntamente con los arquitectos Ictinos y Calícrates. El uso intensivo de mármol blanco del Pentélico constituyó una innovación, posiblemente porque resultaba más asequible que el de Paros. Fue revestido por pintura de vivos colores, aunque el principal impacto lo causaba la grandiosidad, el elaborado juego de proporciones materializadas en dimensiones desacostumbradas. La rápida monumentalización de Atenas estaba destinada a enaltecer la política del régimen democrático que acababa de vencer a los enemigos exteriores y, de paso, ocupar al elevado volumen de mano de obra desmovilizada y revoltosa. 
Tenía forma de templo de la diosa Atenea, patrona de la ciudad, pero el principal culto que se practicaba en él era el de la propia ciudad de Atenas y del régimen político que se acababa de inventar. Todo aquel despliegue constructivo no dejaba de ser una manera de hacer política, de promocionar el invento de la democracia que caracterizaba a la cultura independiente y hegemónica de Atenas, una manera de enaltecer la preeminencia de su diosa simbólica dentro del conjunto de la mitología olímpica. 
El siglo VI aC también fue el de Lao-Tse, Confucio, Buda y Zoroastro en otras culturas. Como dice el historiador del arte E.H. Gombrich en el tratado Arte e ilusión, la innovación griega no fue más completa que la egipcia, la mesopotámica o la cretense, pero creó una tradición mucho más fecunda. 
El apogeo se vería truncado una vez más por la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, cada una con su confederación de aliados menores. El luminoso siglo V aC concluyó a raíz de aquella terrible guerra de treinta años, de 431 a 404, entre ambas ciudades rivales. Atenas salió derrotada.
La única compensación fue que la derrota dio pie a la famosa oración fúnebre por los soldados caídos de la ciudad, la obra maestra literaria que el historiador Tucídides pone en boca del gobernante Pericles en la crónica La guerra del Peloponeso para exaltar los valores que defendía Atenas: “Amamos la belleza sin lujos y amamos el saber con sinceridad... Nuestro sistema político se denomina democracia porque no tiene por objetivo la administración de los intereses de unos pocos, sino los de la mayoría”. 
El Partenón se mantuvo intacto durante seiscientos años, hasta el incendio del 267 dC que destruyó el tejado original y la columnata interior, restauradas un siglo más tarde por orden del emperador romano Julián el Apóstata. El año 86 aC el general romano Sila ocupó y saqueó Atenas, culpable de haberse aliado con Mitídrates, rey del Ponto, opuesto a los nuevos dominadores del Mediterráneo. Una vez neutralizado políticamente, el imperio romano adoptó el prestigio de la cultura griega. Gracias a la acción de Roma el legado griego –a partir de ahora grecolatino-- impregnó un área y un tiempo aun más amplios. 
Posteriormente la Atenas exsangüe, pálida sombra de lo que había sido, sufrió el año 1147 el enésimo saqueo, esta vez a manos de los normandos. Bonifacio de Monferrato la ocupó de nuevo en 1204 durante la cuarta Cruzada contra los sarracenos y fundó el ducado franco de Atenea. En 1311 la ocuparon los mercenarios almogávares de la Compañía Catalana, comandados por el aventurero italo-alemán Roger de Flor, llamados en ayuda por el nuevo duque ateniense, el franco Gauthier de Brienne. La administración catalana se extendió de 1311 a 1388 a toda el llano del Ática, organizada en cinco municipios o ducados: la capital Tebas, Atenas, Siderocastron, Levadia y Neopatria. 
Los ocupantes lo ignoraban todo del apogeo vivido por aquella ciudad que dominó el mundo conocido. Justamente por eso cobra aun más valor la loa expresada por el rey Pedro III de Aragón, el Ceremonioso, en un documento sellado en Lleida el 11 de setiembre de 1380. Respondía al ruego que le dirigía el obispo Joan Boyl y adjudicaba al “castillo de Atenas” un destacamento de doce hombres armados para que “lo dit castell sia la pus richa joia qui al mont sia e tal que entre tots los Reys de chrestians envides lo porien fer semblant”. Tras largos siglos de abandono y espolio, la frase escrita en catalán representa la primera reivindicación occidental conocida del legado griego. 
Durante los cuatro siglos de ocupación otomana el Partenón permaneció prácticamente abandonado a una vida vegetativa y decadente, como la del conjunto de la antigua ciudad. La principal destrucción del edificio fue la del bombardeo veneciano y el incendio subsiguiente de 1687. La deflagración hizo saltar en añicos el tejado, los muros y la columnata interior, ocho columnas de la cara norte y seis de la cara sur. Miles de pedazos de mármol quedaron esparcidos por los alrededores. Tres siglos más tarde los arqueólogos numeraron 1.600. 
Después de los venecianos se reinstalaron los turcos en 1688. Los cuatro siglos de Atenas ocupada por los otomanos aislaron a Grecia de las corrientes evolutivas europeas de la época: el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, la Revolución Industrial. El legado griego se vio más revalorado por los distintos renacimientos europeos y posteriormente norteamericanos que en la propia Grecia, ocupada y sometida por otra cultura. 
La primera tímida restauración del Partenón se acometió entre 1841 y 1844, una vez el país independizado. La segunda entre 1888 y 1939, dirigida por el arquitecto y arqueólogo griego Nicolaos Balanos. Las columnas del Partenón empezaron a ser remontadas entre 1921 y 1933 con los tambores y fragmentos diseminados, incorporando elementos metálicos de sutura y refuerzo de la estructura original. 
La operación de anastilosis –que significa reedificación-- de Balanos ha pasado a la historia de la restauración de monumentos con controversia, como una “reinvención” de la ruina mediante piezas originales o no. Hubiera podido devolverse al Partenón el tejado y los colores vivos del revestimiento original, en lugar de la opción adoptada de dejarlo con el aspecto de ruina majestuosa. 
La reconstrucción requirió otra anastilosis a partir de 1979, más aun más tras el terremoto de 1981. Reemplazaron algunos tambores colocados por Balanos con nuevos bloques de mármol pentélico o bien con piezas recuperadas y clasificadas tras la primera intervención. También cambiaron los elementos de sutura con nuevas piezas de titanio, dado que las anteriores se habían dilatado por oxidación, provocaban fracturas en el mármol y amenazaban la estabilidad del edificio. Las cariátides del Erecteion, atacadas por la contaminación atmosférica, empezaron a ser enviadas al museo y sustituidas por copias en piedra artificial. 
El Partenón lleva cerca de dos siglos en obras de restauración, sin que nadie sepa establecer un balance concreto del resultado de los trabajos. Las grúas y andamios cambian de lugar de vez en cuando, pero el conjunto ofrece el mismo aspecto, afortunadamente.

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