El recinto del Partenón, en la cima de la Acrópolis de Atenas, abre las puertas a los visitantes a las ocho de la mañana. Suelo acudir a esa hora, no solo para esquivar la aglomeración de grupos turísticos. La prodigiosa luz solar que caracteriza la llanura del Ática ofrece el color de mayor ternura a primera hora, cuando el sol todavía poco alzado pinta las columnas dóricas del templo de un color exacto de oro fulgente (o de pan recién horneado o de miel, como se prefiera), rutilante, puro y crepitante, capaz de demostrar que la piedra inerte puede ser tan efusiva y la dureza marmórea tan dulce. Se trata de una de las construcciones más luminosas que ha levantado y maltratado el hombre los últimos treinta siglos, un ejemplo de perfección y sobriedad, el