8 nov. 2016

Uno de los pequeños rituales que no deben perderse por nada del mundo

Cada vez que miro esta bella y sagaz foto reciente --que no saqué yo pero de la que formo parte-- siento el mismo placer que experimenté el otro día en el momento de brindar y beber la copa de “petit banyuls” en el mejor lugar para hacerlo. Algunos rituales no deben perderse por nada del mundo, pertenecen al patrimonio genético, a la eternidad de la tradición pagana que induce una levitación natural, a la dimensión mítica del tiempo y el espacio destinada a resistir, esperar, suavizar, consolar mediante unas gotas de realidad debidamente valoradas en la copa como símbolo de una universalidad precisa y localizada. Expresan la sonrisa de la cultura entendida como arte de vivir, reflejan el oro viejo de una moral civil impregnada de belleza territorial, premian la búsqueda
del sabor íntimo de las cosas atrapadas en un instante de fortuna, muestran la psicología del vino capaz de poner los puntos sobre las íes, vengar todas las maldades que la vida nos ha obligado a beber y arrastrarnos en las mejores ocasiones como esta a imaginar que paseamos algunos vinateros a hombros en una vuelta triunfal bajo lluvia de pétalos, odas de Píndaro e himnos de cítara.
La naturaleza a veces hace bien las cosas y las ofrece con elegancia espontánea (en realidad muy trabajada), de modo que sus expresiones más simples se transforman en pasión arraigada. En el Neolítico, entre el año 7000 aC y el 4000 aC, el hombre primitivo ya aprendió a prender fuego para asar, calentarse y vencer la oscuridad. Con la caza, la pesca y los primeros cereales empezó a consolar el hambre y con el aceite a condimentarla. Sin embargo con el vino aprendió a soñar, incluso a ganarse la vida. 
Sin el vino no nos habríamos civilizado igual, nuestro bagaje sensorial y económico sería distinto. Cuando el hombre prehistórico convirtió una liana salvaje en cepa de viña y vinificó por fermentación el mosto o jugo de la uva, culminó su primera embriaguez. Entendió que la tierra puede tener una sangre alegre, energética y redentora de las penas. El vino pasó a ser visto como un fluído vital igual que la sabia, el esperma, la leche o la sangre. A la vez descubrió el sentido de culpa, la resaca, el remordimiento. Y también el comercio. 
En seguida asoció el efecto embriagador del jugo fermentado de la uva a rituales místicos. El vino entró en la mitología occidental de la mano del dios griego Dionisio (transformado en Baco por los romanos), incluso como alegórica transustanciación de la sangre de Cristo según la nueva secta de los cristianos. Una vez iniciada nuestra era con la colonización romana, la viña se consolidó como cultivo extensivo en múltiples puntos de Europa, en particular en el contorno mediterráneo. 
Josep Pla escribió en el libro Notes disperses: “Este fue un país de viñas. Las viñas lo construyeron. En seguida que la tierra describe una ondulación, hay una pared seca –una pared seca hecha por un hombre oscuro, desprovisto de la noción del tiempo, que ligó las piedras, hizo con ellas un repecho y plantó la viña”. 
Cada viña, cada vino tiene su estilo, su sensualidad, su grado de emoción, su vibración. Las parcelas de los viñedos no son una marquetería espontánea ni improvisada, sino fruto de un orden articulado, una estructura prosódica de rimas disonantes pero pautadas.
Cada vino es un paisaje trabajado de manera distinta, un trozo de paisaje licuado. Y mientras haya viña hay esperanza. Me gusta mucho esta foto.

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