9 jun. 2017

Ayer cruzamos el Ebro sin motor, como una liturgia pagana

Ayer fui con amigos a satisfacer la ilusión de colocar el coche encima del viejo paso de barca de Miravet y cruzar lentamente el Ebro. Tal vez algunos lo consideren un espectáculo residual, atávico, de otra época. A mi hacerlo junto al actual barquero Vicent Benaiges (en la foto) me parece uno de los mayores espectáculos del mundo a mi alcance. De los tres pasos de barca que subsisten en el tramo catalán del Ebro, el de Miravet es el único de madera y sin motor, construido sobre dos barcas y accionado tan solo con la ayuda de la corriente fluvial (estuvo fuera de servicio por restauración de noviembre de 20144 a julio de 2016). En cambio el de Flix es de tracción eléctrica y el de García combina la corriente natural con un motor
alimentado por placas de energía solar. Antes eran utilizados sobre todo por los carros de los payeses, para ahorrarr un buen trecho de desvío por los caminos de la zona. Hoy lo son por el turismo (medio país se gana la vida con el turismo del otro medio).
“Lo riu és vida”, proclama el lema movilizador de estas comarcas. Es una vida amenazada. Con frecuencia el caudal no alcanza los 400 metros cúbicos por segundo y la desembocadura pierde la batalla contra la entrada del agua salada. El mar repta lecho arriba hasta Amposta, penetra en los acuíferos y saliniza la tierra. El problema se agudiza con la subida del nivel del mar per efecto del cambio climático. 
Una de las últimas veces que crucé el Ebro por el paso de barca fue con el periodista y amigo Xavier Garcia Pujades. Confeccionó un poema para celebrar nuestro reencuentro y me lo leyó mientras el transbordador Olmos nos pasaba, con el coche embarcado, de una orilla a otra. Insistió en leérmelo en voz alta durante el trayecto a bordo de la plataforma flotante. 
En realidad no quería declamarme el poema a mi, sino al Ebro mientras lo cruzábamos. El viento soplaba acanalado y proyectaba sus palabras a la cara, antes de esparcirlas a lo largo del río con el gesto augusto del sembrador de antes de la mecanización. 
En cambio el papel que yo aferraba aquel día en mi mano como un tesoro no era un poema, sino la hoja de papel con membrete larguísimo del Parque Natural del Delta del Ebro de la Dirección General del Medio Natural del Departamento de Medio Ambiente y Vivienda de la Generalitat de Cataluña. Debidamente firmada y sellada, nos autorizaba de modo nominal a Xavier Garcia y a mi, identificados con el número de DNI que se especificaba, a poner el pie en la isla de Buda durante el día de expedición del documento, bajo condición de atenernos a las instrucciones del guarda oficial que nos esperaba. Era la llave para acceder a la isla mayor de Cataluña, vetada al público por la condición de parque natural protegido. 
Alguien podría pensar que Cataluña es un país desprovisto de islas. La verdad es que tiene un montón, mal conocidas. A lo largo del tramo catalán del Ebro, entre Flix y la desembocadura, se cuentan una veintena de islas fluviales. Una de las más pequeñas, la del Nap, al paso del rió per Benifallet, se vendió en 2004 por su propietario privado a través de una empresa inmobiliaria al precio de 94.960 euros, tras divulgar un anuncio que rezaba: "Preciosa isla en medio del rió Ebro de una hectárea de terreno plantado de naranjos y casa de labranza". 
La isla de Buda ni existía 300 años atrás. Se empezó a formar el siglo XVIII al azar del desvío natural de las bocas de desembocadura, cuando el río arrastraba muchos más sedimentos que tras la construcción de pantanos como los de Riba-roja, Mequinenza y Flix, aquellos que inauguraba el general Franco con pompa en las pantallas del NO-DO. La isla de Buda llegó a tener 1.450 hectáreas, ahora reducidas a 750. No deja de ser la más extensa de Cataluña, con mucha diferencia. La vecina de Sant Antoni, de origen muy similar, solo alcanza 140 hectáreas. 
En la época de los embalses reguladores, del aprovechamiento del agua para la producción de energía eléctrica o para al riego canalizado, la “revolución de los canales” generó en el delta del Ebro más de 500 km de acequias y una nueva estructura social. El aluvión que había dado lugar a la compactación del delta comenzó a disminuir. El aporte del río se vio contraatacado por el embate del mar. Hasta 1940 el aporte fluvial de arcillas, limos y arenas se cifraba en 20 millones de toneladas al año. Ahora no llega a 3 millones. 
Este delta es la zona húmeda más importante de la Europa mediterránea, después de la desembocadura del Ródano en la Camarga. Su aplanada punta de flecha penetra 25 km mar adentro. Un 65% de esta geografía se encuentra ocupada por cultivos. El dominio corresponde al arroz. Pero el delta aumenta de población gracias sobre todo al turismo. 
Las tierras catalanas del Ebro han tenido poca expresión literaria. El escritor y farmacéutico de Tortosa Gerard Vergés decía en 1985 que las referencias literarias a “lo riu” habían sido hasta entonces “flatulencias del género más ínfimo”. Tres años después aparecía la gran novela Camino de sirga, de Jesús Moncada, para empezar a enderezar la situación. 
Pocos días atrás se ha presentado la antología L’Ebre, un riu literari, con fragmentos seleccionados de Jesús Moncada, Artur Bladé, Pilar Romera, Carmel Biarnés, Andreu Carranza, Silvia Veà, Joan Perucho, Josep Pla, Francesca Aliern, Joan Cid i Mulet, Zoraida Burgos, Jesús Massip, Manuel Pérez-Bonfill, Albert Roig, Gerard Vergés, Josep Igual, Sebastià Juan Arbó, Manel Ollé y Emili Rosales. 
Uno de los testimonios literarios sobre el lugar procede de una cacería de patos a que fue invitado Josep M. de Sagarra y su grupo cinegético, en casa de la familia Burés del 4 al 6 de octubre de 1945. En la sobremesa de despedida, el poeta y dramaturgo improvisó, con reconocida facilidad, un largo poema titulado “Evocació”. Una de las estrofas reza:

Ensorrades planures de la Cava,
riques del cereal del gra de neu;
paisatge una mica mala bava
amb tant de fang com cries dintre teu;
deixat a estones de la mà de Déu
i a estones fi d’una tristesa lleu
i d’un gust de repòs que no s’acaba!

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