7 dic. 2017

El tierno maullido de cada ola ayer en playa libre de Garbet

Tal vez solo sea un sentimiento o una tradición, pero en el corazón de los viejos habitantes del Alt Empordà la afortunada playa amplia, desierta y solitaria de Garbet, enytre Llançà i Colera, siempre fue vista y utilizada como un espacio libre sin más impuesto de lujo que el de la naturaleza suntuosa, virgen y gratuita. Ayer fui a caminarla para revivir la sensualidad que emana del fraseo de cada ola como  un maullido de ternura. El Puig d’Esquers se ensancha hasta el mar y la hondonada, tapizada de bancales de viña antes de la llegada de la filoxera, forma la bahía de Garbet. Cerrada por el terraplén de la vía del tren de Figueres a Francia, nunca ha sido urbanizada. En la playa de Garbet, de
guijarro y gravilla grisácea, perfumada de romero silvestre, se acudía en verano a pasar el día con la sombrilla, la tortilla de patatas y la nevera portátil. Estaba el camping Garbet de precios populares y un chiringuito de cañas que abrieron en 1948 Álvaro Boada y su mujer Josefa Ferrús para servir ensaladas, calamares y paellas.
En este país algunas playas libres fueron templos populares, ateneos de toma de contacto con la naturaleza, propiedades públicas usadas con el criterio patrimonial correspondiente, pequeños paraísos gratuitos para la mayoría de la población que no puede pagar los paraísos tarifados. El usufructo plebeyo molestaba a los amos de la tierra, a los magnates del juego y la trampa. 
Aquella intrepidez poética no podía durar, sobre todo si se tiene en cuenta que la montaña de Garbet que desciende hasta la playa es la “joya de la corona” de las propiedades que acumula la familia Mateu-Suqué. Tras comprar el vecino castillo de Peralada en 1923, construyó a media altura del valle de Garbet su espléndida residencia Chalet Garbet, formada por múltiples cuerpos de edificación cara al mar, reformada después del incendio parcial por parte de milicianos durante la Guerra Civil. 
El usufructo popular de esta playa poseía un sello de  distinción que los aristócratas no pueden compartir. Los amos de la tierra quieren ser también los amos del mar. El primer recorte lo aplicó la RENFE: los trenes locales de Figueres a Port Bou dejaron de parar en al apeadero de la playa de Garbet, hoy de cuerpo presente. La Generalitat contribuyó con la compra por parte del Instituto Catalán del Suelo en 2009 del camping y el anexo Mas Perdigot, derribados y convertidos en estacionamiento de pago durante el verano. 
El chiringuito de cañas ha sido convertido por los nietos de los fundadores en tentacular restaurante a precios prohibitivos, abierto del 15 de marzo al 15 de octubre. Dispone incluso de un corredor balizado en la playa y el mar para servir los pedidos efectuados desde las embarcaciones de recreo que fondean en la bahía, un corredor que limita y ensucia el espacio de los bañistas. 
La playa de Garbet ha ido perdiendo el alma. Se ha revestido poco a poco de un maquillaje sobrepintado. Algunos grupos de jóvenes todavía acuden de vez en cuando a montar una “garbetada” con guitarras y cervezas de litro, pero es como un memorial de épocas anteriores, un rastro desdibujado, un halo, un recuerdo fuera de lo ordinario, irrepetible. En invierno se nota menos, por eso fui ayer a revivirlo.

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