Tal vez solo sea un sentimiento o una tradición, pero en el corazón de los viejos habitantes del Alt Empordà la afortunada playa amplia, desierta y solitaria de Garbet, enytre Llançà i Colera, siempre fue vista y utilizada como un espacio libre sin más impuesto de lujo que el de la naturaleza suntuosa, virgen y gratuita. Ayer fui a caminarla para revivir la sensualidad que emana del fraseo de cada ola como un maullido de ternura. El Puig d’Esquers se ensancha hasta el mar y la hondonada, tapizada de bancales de viña antes de la llegada de la filoxera, forma la bahía de Garbet. Cerrada por el terraplén de la vía del tren de Figueres a Francia, nunca ha sido urbanizada. En la playa de Garbet, de
