23 mar. 2018

La flor del manzano rebrota como una proclama en las plantaciones

A finales de marzo me gusta ir a contemplar cómo brotan las flores blancas y rosadas en los campos de manzanos de L’Armentera y Sant Pere Pescador, en el llano fértil que dibuja el río Fluvià alrededor del viejo molino reconstruido del condado de Empúries. Eran campos que me resultaban familiares y traen recuerdos furtivos de la mano de alguna diosa Pomona. En realidad ya no están. Han sido industrializados con nuevas plantaciones intensivas de manzanos más rentables y feas, recubiertas por la túnica negra de las mallas antigranizo, alanceadas por los enormes postes como de telégrafo que las sustentan. El manzano fue un árbol de copa frondosa, esbelta, robusta, redonda como la bola del mundo. Alguno llegaba a centenario o al menos alcanzaba una ancianidad venerable y mansamente productiva. Los han convertido en hileras de plantación intensiva de arbolitos enclenques, muy rentables para la producción en serie. Ahora las
manzanas se fabrican como los huevos de gallina en las granjas industriales.
Bajo un viejo manzano el físico inglés Isaac Newton se hallaba en estado contemplativo un día del año 1666, vio caer una manzana al suelo y formuló la ley de la gravitación universal, uno de los progresos más decisivos de la ciencia. El mérito no fue de la manzana ni siquiera de su mirada, sino de la capacidad de observar, sorprenderse e interpretarlo. 
Las plantaciones de manzanos de L’Armentera y Sant Pere Pescador trabajan para la cooperativa Fructícola Empordà a lo largo de 421 hectáreas, unas dimensiones minúsculas en el contexto general, a pesar de la extensión visual que representan y que a mi me arrastra hasta aquí para contemplarla. La otra gran cooperativa gerundense, Costa Brava Fruits, explota casi el doble de hectáreas alrededor de Torroella de Montgrí. 
Casi la mitad de las manzanas gerundenses son Golden amarilla, dulce, pulposa, aromática. Le sigue la Gala roja y crujiente, la Granny verde y ácida, la Fuji de origen japonés. Es la fruta más consumida de todas, aunque una gran parte se destine a zumos. En el Empordà han dado lugar al plato tradicional de las “Pomes de relleno” (rellenas de carne), en Francia a la inmortal tarta de las hermanas Tatin. 
Las 90.000 toneladas anuales de manzana gerundense apenas representan el 30% de la producción catalana, dominada por gigantes leridanos, una ínfima gota entre el millón de toneladas anuales en toda España. Pero eran mi ínfima gota particular. 
Marcel Proust escribió páginas antológicas sobre los manzanos en flor en el cuarto volumen (Sodoma y Gomorra) de su obra En busca del tiempo perdido, cuando regresa por primavera a la estación balnearia de la playa normanda de Cabourg, que él denomina literariamente Balbec: “El horizonte lejano del mar ofrecía a los manzanos un fondo de estampa japonesa; si levantaba la cabeza para mirar el cielo entre las flores que realzaban el azul sereno, parecían apartarse para mostrar la profundidad de aquel paraíso”. 
Esas flores aun brotan cada año en los campos de manzanos ampurdaneses que a mi me resultaban familiares, desplegados como un lecho nupcial del paisaje, aunque ya no sean aquel jardín de las Hespérides de mi mito vagamente proustiano. (La foto adjunta es de Anna Maria Arnay Sellés, del Mas Joncar de Sant Pere Pescador).

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