20 mar. 2019

El día en que bajé al “infierno” de la Biblioteca de Catalunya

La noticia de que la Biblioteca Britànica acaba de colgar en la red 2.500 antiguos libros eróticos digitalizados que habían formado parte de su “infierno” o sección cerrada de obras censuradas me ha llevado a recordar el reportaje que publiqué en primicia sobre el “infierno” de la Biblioteca de Catalunya, en noviembre de 1982 en la revista mensual barcelonesa Crònica. Era el primer periodista en acceder al oscuro objeto de la maldición oficial, a los libros que la moral reprobaba, situados en unas polvorientos estantes del subsuelo de la Sala de Reserva, solo conocidos por los profesionales de la institución y retirados de la consulta pública desde la época de la Generalitat republicana, no de la posguerra franquista. Bajé a aquel “infierno” bajo la mirada
prescriptiva de una empleada y con la emoción contenida de alcanzar a un objetivo largamente codiciado. Durante unas horas pude anotar y hojear título por título. Tres cajas viejas llevaban claramente la inscripción “Infern” escrita en catalán.
Reí por no llorar ante la pobreza, la ingenuidad y la arbitrariedad de aquel infierno que a duras penas llegaba a purgatorio. Sus llamas ardían poco. Lo escandaloso no era la exclusión del catálogo general, sino su escasez.
Entre el centenar corto de títulos que englobaba cuando lo repertorié, las obras en catalán eran casi inexistentes. Contenía incluso clásicos como las Memorias de Giacomo Casanova, El amante de lady Chaterley o el Satiricón... Nunca fue catalogado. El otro infierno de carácter político de la Biblioteca de Catalunya había sido más nutrido y más prontamente reintegrado al catálogo general.
Tuve el escaso honor de publicar su situación y el contenido. Los de la Biblioteca Británica ahora digitalizado o de la Biblioteca Nacional de París han dado pie a inventarios célebres, que constituyen material de trabajo de sociólogos, historiadores y bibliófilos, a la espera de que algún día se pueda comprobar la riqueza del infierno de la Biblioteca Vaticana. El historiador Carlo Ginzburg afirmó que este último contiene 25.000 obras de carácter erótico y 100.000 grabados del género.

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