7 mar. 2019

Piazza Navona, para salvar imperiosamente la fe en algunas cosas

Como amante de Roma no voy exactamente a esta ciudad, sino a Navona. No sé si constituye una necesidad física o un imperativo moral, pero tan solo al tomar posesión cutánea de la céntrica plaza y consumir el primer espresso en la terraza del bar Tre Scalini siento haber llegado al destino, percibo el preludio de una sintonía y experimento la sensación de que ya no será necesario decir más. Toda la Roma con la que me dispongo a intimar se halla compendiada aquí. El liderazgo de Piazza Navona no viene dado solo por el decorado barroco magistral, sino por el acierto de mantener hasta hoy el carácter de lugar de confluencia instintiva, de intercambio natural de presencias, divagaciones y miradas. Si Roma es una ciudad para pasear y civilizarse, Navona es una "ciudad" para sentarse y civilizarse. El turismo conduce hasta aquí una corriente impetuosa de gente. Al margen de los engorros ineludibles, representa un destino para cuando se dispone de un lapso de tiempo medido en madurez del deseo más que en horas, aunque solo se disponga de cinco minutos furtivos entre dos reglamentarias pérdidas de tiempo, pero cinco minutos soberanos
de su duración y en el punto dulce del deseo de sorberlos.
Se trata de una partícula de mundo ideal para purgar el pecado de no saber utilizar el tiempo libre, la tierra prometida de quienes soñamos con sentarnos y abstraernos en algún momento del día, del año o de la vida. Para quienes nos empecinamos en creer que la calma y la belleza aun pueden ser sensaciones urbanas porque no logramos que nos gusten las calmas y las bellezas vírgenes, constituye un as en la manga. Todo consiste en esquivar la alteración turística y, más que nada, salvar imperiosamente la fe.
Navona es un mundo, no un monumento. No se puede cometer el error de considerar aisladamente la fuente de Bernini o la iglesia de Borromini al margen del conjunto de un espacio en que los monumentos ceden el protagonismo a algo más importante: la victoria del concepto de plaza como lugar invitador. Navona no es museo, ni siquiera una plaza-museo. Es una plaza, es “la” plaza.
Su forma elíptica ramblea descaradamente. Corresponde al estadio o circo domiciano, construido por el emperador Domiciano el año 86 en forma de gran nave o navona para organizar fiestas acuáticas cuando la mandaba inundar con las aguas del río Tíber vecino. La fisonomía actual es la barroca del siglo XVII y, sobre todo, la de la gente de hoy que la vivifica con la ayuda de aquella fe imperiosamente salvada y el consumo reiterado de los poderosos espressi en la terraza del bar Tre Scalini.

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