27 abr. 2020

El viento marca la vida de cada día, pero lo ignoramos por completo

Una  demostración de nuestro alejamiento de la naturaleza es que las personas de hoy prestan poca atención al viento de cada día y no saben distinguir una tramontana del norte exaltante e higiénica de una marinada pegajosa, seguramente porque influye menos que antes en su vida cotidiana. El desconocimiento constituye un hecho reciente, en cambio el estudio del viento representa un saber estratégico desde la Antigüedad. Aristóteles escribió el año 340 antes de nuestra era la obra titulada Meteorológica para explicar los fenómenos atmosféricos con los conocimientos de la época y empezar a sustraer las fuerzas naturales de las causas puramente mitológicas. La Torre de los Vientos
(foto adjunta) fue construida el siglo I a.C. con mármol pentélico al pie de la Acrópolis de Atenas como observatorio astronómico octogonal para que cada cara designara un de los ocho vientos conocidos.
El estudio del viento avanzó poco hasta la aparición de los aparatos de medición del siglo XVII. Entonces arrancaron las observaciones regulares modernas. En 1686 Edmund Halley publicó en Inglaterra el su mapa del mundo con los principales vientos oceánicos y al año siguiente Isaac Newton la monumental Philosophiae Naturalis Principia Mathematica.
El vuelco del ¡eureka! newtoniano a raíz de la visión de la caída de la manzana del árbol también benefició al estudio del viento. Los nuevos conocimientos sobre física del os fluidos favorecieron a los meteorólogos, pero hasta la implantación del telégrafo en 1850 sus observaciones o mediciones no se divulgaron como mapas y predicciones del tiempo.
La característica tramontana comenzó a ser estudiada científicamente gracias al anemógrafo que pudo instalar el primer director del Observatorio de Perpiñán, el médico Jaume Fines, autor del Résumé des observations faites à Perpignan pendant cinquante ans (1851-1900), publicado en 1903, cinco años antes que las Observacions de Sant Feliu de Guíxols: resultats del 1896 al 1905, de Rafael Patxot en su observatorio particular.
Hoy sabemos muchas más cosas sobre la influencia del viento, pero las ignoramos por completo.

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