16 ago. 2018

Dormir, simplemente dormir, ¡qué privilegio!

Al reformar el piso en que vivo, tiré tabiques para ampliar espacios. En el dormitorio junté dos antiguas habitaciones para dar cabida a un vestidor y una cama de 2x2 metros que las circunstancias de la vida han convertido en holgada. He acabado por acostumbrarme a dormir en diagonal con mucha libertad de movimientos (sobre todo cilíndricos), aunque no me desagradase cuando topaba con algún obstáculo tibio, palpitante y exigente. Todo sumado y restado, aun conservo un vivo afecto por mi cama. El momento preciso del día en que me instalo en ella sigue siendo uno de los más placenteros de todos. El contacto con las sábanas limpias y fragantes representa una caricia. Leer en la cama constituye uno de los rituales cotidianos más productivos de mi trabajo, dentro del
cual las páginas inspiradas surgen con frecuencia del arranque de levantarse y regresar al teclado del ordenador de forma furiosa.
Sin embargo, tarde o temprano llega el momento de decidirse a cerrar los ojos y dormir. La decisión cerebral no garantiza nada. Es bien conocida la paradoja de estar durmiéndose con hondos cabezazos sobre las páginas de un libro y no lograrlo de ningún modo al apagar la luz y adoptar la posición horizontal. 
Las personas capaces de dormirse como unos angelitos y vivir sin interrupciones un sueño reparador gozan de un privilegio natural que deberían valorar como una fuente fresca y regalada de vitalidad. Los inquietos, los ávidos y los racionalistas les envidiamos profundamente. Nos consolamos de forma relativa con la libertad de movimientos en nuestra cama king-size, aunque no hallemos la manera de dormir de dormir intensa y extensamente en paz, como un lirón, como un tronco, como un oso en hivernación, absortos y felices como en las mejores noches de nuestra vida. 
Una de las personas que durmió a mi lado me repetía que ella se despertaba, incluso se levantaba cada noche unos instantes tantas veces como yo. La única diferencia es que no le daba ninguna importancia ni menos aun ninguna interpretación, de modo que se dormía de nuevo con el mismo automatismo. El socorrido doctor Freud ya asentó que lo que facilita el sueño no es la ausencia de ruido ni de estímulo, sino retirarles la atención.
Yo aun no lo he alcanzado. Solo lo logré cuando, para no despertarla, me acurrucaba a su lado, le ponía silenciosamente una mano sobre el vientre y aquel gesto me comunicaba la sensación de que los angelitos me acunaban sin réplica posible. Ahora reconozco que la libertad de movimientos en la cama king-size tambien tiene su atractivo y he aprendido a disfrutarlo, pero dormir mejor sigue equivaliendo a soñar despierto.

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