24 oct. 2018

No sé verle la melancolía al otoño

Un año me encontraba en Nueva York y me sorprendió el empeño de mis parientes que residen allí por llevarme a comer y contemplar la caída de la hoja a Bear Mountain, aunque fuese día festivo y tuviéramos que soportar colas de carretera y largas esperas en los restaurantes del lugar. Con el máximo respeto hacia el entusiasmo de los demás, observé que la caída de la hoja y la explosión de colores otoñales en aquellos bosques resultan igual de atractivos que en tantos otros bosques, parques y jardines de mi país, incluso en el reducido parque urbano situado cerca de mi casa, que es donde sigo el fenómeno cada año. Mis parientes norteamericanos se obstinaban en considerar que me conducían a un
espectáculo natural único, de reputación universal incomparable. No les podía defraudar, de modo que me extasié educadamente.
Los bosques de la Costa Este de Estados Unidos y Canadá son sin duda de dimensiones superlativas y están acostumbrados a un estado de conservación envidiable, favorecidos por la reglamentación preservadora y la devoción de los usuarios. En cambio mi unidad de medida se ha formado en un país de minifundios y matices locales. El gigantismo no me admira por sí solo. Al contrario, me inquieta. 
Al llegar el otoño veo cada año en las revistas ilustradas reportajes exuberantes sobre el cromatismo del indian summer o veranillo de San Martín en los grandes bosques norteamericanos, con las fotos de la caída de la hoja y su exhibición de colores. Recuerdo la ilusión con que me lo enseñaron sobre el terreno. 
Si no me desplazo al Montseny o a cualquier otra comarca, salgo de casa y bajo a contemplar los árboles del pequeño parque próximo, encajonado entre edificios y ahogado por la circulación. Me siento en un banco, asisto embelesado al equivalente de indian summer que tengo a mi alcance y agradezco a los anfitriones norteamericanos haberme llevado a Bear Mountain para inocularme una de las ilusiones activas del otoño. 
Las horas de luz se acortan, los días no. Los días maduran, se aquietan, se aplacan, se preparan a invernar. Llueve. Aparecen las mejores setas, la uva madura, los higos, las confituras y los platos de caza con aroma de bosque. En las playas resguardadas, los días propicios se está mejor que nunca. 
No siento el otoño como un presagio triste, cenizo, enfriado. Me estimula a hacer las cosas propias del momento. No le veo ninguna metáfora de la decadencia, sino más bien una espléndida metáfora del goce de la maduración.
Claro está que contiene decadencias, como cualquier estación. Claro está que los rebrotes generales son característicos de la primavera, pero en otoño e invierno también rebrotan algunas cosas. En el supuesto que nuestra civilización haya entrado en una fase otoñal, algo bien posible, eso no significa su condena a muerte, sino la necesidad de acumular fuerzas para reverdecer.

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