25 feb. 2019

La gloria del Canigó, como una especie de vitalidad anímica

La luz jubilar de tramontana es el factor que hace aparecer el Canigó al fondo del escenario algunos días selectos, felices por el dibujo tónico y lustrado de las cosas, cuando la claridad excitada del aire invita a palpar la turgencia de las formas de la vida, al menos entre quienes tenemos propensión a mirar el mundo con el temblor inocente de la ternura. Esos días llevan a resurgir las fuentes del deseo, lo desentumecen. No generan per sí solos el sentimiento de felicidad, aunque de alguna forma lo intuyen, lo huelen. Fomentan la salivación pavloviana de poseer las cosas, la ilusión de mirar el cielo barrido, embobarse con el vuelo
elegíaco de los vencejos y creer encontrar en sus aleteos un pequeño tesoro.
En verano los colores grisáceos, azulados o morados de la mole montañosa, nimbada per un velo de calima, son de una elegancia suntuosa. En invierno el brillo de la nieve excitada por el sol imprime al macizo un fulgor diamantino, como una vitalidad anímica. La aparición del Canigó incentiva el horizonte, lo aproxima, lo evidencia. Su visión actúa como un reactivo contra los días espesos, los sentimientos nebulosos y los cielos cortos.
Se convierte en una percepción condensada, una configuración emocional, una construcción intuida, un indicio de referencia, un perfil del sedimento del tiempo, el esbozo de un atoretrato. La mirada de la pasión siempre tiende a ser un poco mítica, no objetiva ni geológica, aunque no por eso se vuelva ciega o deslumbradada. También puede resultar clarividente.
El Canigó no necessita ser el Walhalla, lo cual no obsta para que el paisaje requiera la mirada de la cultura para ser descifrado, algo de poesía deliberada para valorarlo y lograr que resucite como Lázaro. La presencia mítica del Canigó en nuestra mirada debe mucho al poema épico de Jacint Verdaguer. En cualquier país instruido los bachilleres y los ciudadanos en general sabrían recitar de memoria al menos los últimos versos:

Lo que un segle bastí, l’altre ho aterra,
Mes resta sempre el monument de Déu;
i la tempesta, el torb, l’odi i la guerra
al Canigó no el tiraran a terra,
no esbrancaran l’altívol Pirineu.


El Canigó posee unos atributos de altitud moderados, no alcanza la condición de un “tres mil”. No llega siquiera a los 2.900 metros del Carlit, el Puigmal, el Comapedrosa, el Puigpedrós... Su grandeza no radica en las cifras, sino en la percepción visual de un macizo que se yergue solitario entre los dos grandes llanos del Empordà y el Rosellón.
En el momento de la foto adjunta, tomada por Quim Curbet, yo tarareaba a pulmón el “Credo vell i sempre nou” de Joan Amade, musicado y cantado por Jordi Barre:

Crec a l'estel, a la maduixa bosquetana,
al plany enyoradís de l'innocent tudó,
a les Alberes, a ta glòria, Canigó…

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