3 abr. 2019

Catalunya necesita tres coronas, en el buen sentido de la palabra

Sin la existencia durante los últimos veinte siglos de una gran ciudad comercial e industrial como Barcelona, Catalunya tendría hoy el peso del Tirol del Sur, con todo el respeto hacia aquella bella y poco poblada provincia fronteriza italiana. El franquismo no podía digerir que Barcelona fuese mayor que Madrid y resolvió su ardor de estómago por decreto. Entre 1948 y 1954 anexionó al término municipal de Madrid trece municipios circundantes e impidió toda agregación similar en Barcelona, limitada administrativamente a su pequeño termino municipal (82 km2, por 605 km2 en Madrid). La Barcelona “gibarizada” con aquella maniobra suma hoy
1,6 millones de habitantes y Madrid metropolitano 3,2 millones. A cambio el gobierno central creó en 1974 la Corporación Metropolitana de Barcelona, de una extensión similar al nuevo Madrid municipal.
Jordi Pujol padeció el mismo ardor de estómago ante el peso de Barcelona y suprimió por decreto la Corporación Metropolitana, parcialmente resucitada más tarde como Área Metropolitana de Barcelona. Representa una primera corona de 36 municipios (3,2 millones de habitantes) para coordinar asuntos técnicos sin liderazgo ni autoridad política de conjunto.
La auténtica área metropolitana de Barcelona es la segunda corona no institucionalizada de los 5 millones de habitantes que incluye a los dos Vallés. Constituye la sexta conurbación de Europa, detrás de Londres y París (12 millones), la región Rin-Ruhr (Colonia y Dusseldorf, 11 millones), el Madrid metropolitano (7 millones) y la región de Ranstad (Amsterdam, Rotterdam y La Haya, 6,5 millones).
Incluso esta magnitud de la segunda corona resulta insuficiente en el moderno contexto del sur de Europa. La tercera corona vital de Barcelona y Catalunya es la Euroregión Pirineos-Mediterráneo, zona de articulación de Toulouse hasta Valencia, con 17 millones de habitantes en un radio de 350 kilómetros. Es la dimensión mínima competitiva en el contexto internacional.
Existe sobre el papel desde 2004 dentro de la normativa de la Unión Europea. Los progresos para cohesionar este potente “norte del sur de Europa” mediante nuevas infraestructuras, visión de futuro y voluntad política han sido irrisorios.
El escasísimo planteamiento estratégico de la realidad metropolitana demostrado por los poderes locales disgregados se ha debido a dos motivos principalales: el vuelo gallináceo de los responsables y el clientelismo político individual en cada parcela. En conclusión, Barcelona y Catalunya se hallan sin un plan de futuro basado en hechos reales, ante el ascenso de otros núcleos metropolitanos.

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