30 mar. 2020

La reconquista pendiente del gesto físico del beso y el abrazo

Una de las cosas que me resulta más enojosa estos días es la falta de proximidad material con mis hijos, la ausencia obligada del gesto físico del beso o el abrazo con ellos, el impulso instintivo de pasarles el brazo por los hombros o acariciarles si se dejan. La víspera del confinamiento general mi hija mayor vinco a comer a casa. Al marchar decidió que prescindiéramos de las recomendaciones sanitarias y nos abrazáramos como de costumbre, un poco más más fuerte que de costumbre. Ahora hago durar la calidez de aquella iniciativa espontánea, rebaño aquella brevedad día tras día, siento su rescoldo como si ella estuviera en
persona. Con mi hijo menor (más alto y corpulento que yo, pero el segundo y por tanto el menor) nos inventamos años atrás lo que denominamos el abrazo terapéutico. Vivía fuera de Barcelona y yo tomaba el tren para ir a comer con él un día por semana. Habíamos establecido que no era necesario explicarnos cada vez grandes novedades si no las había, pero siempre mantuvimos el encuentro semanal, sin excepción.
Después de comer me acompañaba caminando hasta la estación. Al despedirnos hasta la semana siguiente nos dábamos un abrazo franco, sin retención, con fuerza física. Aquel gesto compartido a la puerta de la estación fue adquiriendo con el paso del tiempo un carácter tan arraigado que decidimos añadirle un poco de teatralidad para no caer en una rutina que no respondía a nuestros sentimientos.
Eran unos abrazos ostentorios, de una fuerza que casi hacía crujir nuestras vértebras. Eran así porque decíamos que nos tenían que durar toda la semana. Mi hijo menor los bautizó “abrazos terapéuticos” porque le aseguraba que curaban. Si en alguna ocasión corría para no perder el tren o me despistaba en el momento de la despedida, él reclamaba: “Eh, ¿y el abrazo terapéutico?”. Aun me lo sigue diciendo y aun me curan por streaming.

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