En alguna ocasión me han llevado a la isla de Portlligat para un suntuoso desayuno de mochila a base de cebolla y anchoa (más algún paté francés y algún embutido ibérico), con coca de pan de la panadería de Àngel, una botella de vino y un cigarro habano. El cuerno de la abundancia brotaba de una pequeña mochila del amigo capaz de conducirnos hasta allí a remo a pesar de la tramontana y hacernos rodear toda la isla a pie antes de proceder al ágape, gracias un conocimiento del terreno terrestre y marítimo imbatible y a un paladar igualmente muy bien entrenado. Se trata de anfitriones, desayunos y escenarios que no se olvidan. La bahía de Portlligat debe el nombre a la isla de seis hectáreas que “liga” o cierra el pequeño puerto
