Ayer fuimos a caminar por el delta del Ter frente a las islas Medes con Josep Lloret y Josep Capellà justo por el placer de pasarle la mirada por encima y no hallar ninguna objeción importante, tan solo aquel aleteo de la vida en sus formas más directas, impulsivas y con frecuencia inexpresables porque únicamente pueden alcanzar a ser transcritas por un chacona de Bach o un bolero ajustado a las contradicciones de los sentimientos. Digo esto porque la gola del Ter no es una geografía fija e inmutable. Al contrario, se trata de una desembocadura mutante, movediza. En primer lugar, las dos orillas, los dos labios de la gola, transforman continuamente su dibujo y situación, debido al embate
