A las siete de la mañana en punto la bahía de Roses programa cada día un espectáculo, si los ojos despiertos se dejan fascinar por alguna imagen que provenga del escenario natural y no exclusivamente de una pantallita. En ese instante preciso zarpan del puerto, todas a la vez, catorce embarcaciones de pesca hacia los caladores situados a veinte millas. Sobre la superficie del mar, en la perfecta curva de la bahía recién despertada por los rayos oblicuos del sol naciente, forman una comitiva principesca con la nobleza heráldica del viejo oficio de la pesca. Sus motores tosen menos que antes y el espectáculo se desarrolla casi en silencio. Si la mar es plana o suavemente rizada, dibujan en el agua unos surcos
