Al ingresar España en la Unión Europea, la nueva etapa me encontró sin vocación de prolongar mis ocho años de residencia en Bruselas. Marché y a partir de entonces me lo he mirado a distancia. Agotados los placeres de ciudadano europeo de primera hora, me formulé la promesa de no volver a escribir nunca más sobre excedentes de mantequilla, aranceles sobre las exportaciones de avellanas o precios de intervención del acero laminado. El arranque me impidió acceder al Edén europeo desde dentro de la codiciada jerarquía de eurócrata de escalafón. Dejé el sitio a recién llegados más ilusionados. Poco después la Comisión Europea anunció la decisión de abandonar su sede bruselense del edificio Berlaymont por
