Un islote minúsculo adquiere en la bahía de Cadaqués la importancia de las cosas modestas y a la vez cruciales. El cónico escollo de Es Cucurucuc se ha convertido en anagrama del municipio, una seña de identidad de los cadaquesenses. Tal como reza con orgullo el viejo dicho local: “Quien no ha visto es Cucurucuc ni sa Platja Confitera ni sa nena d’en Clapés, no ha visto nada de Cadaqués”. Contemplar Es Cucurucuc desde la orilla me procura cada vez la sensación física de reencuentro con la belleza, dentro de la cual caben la armonía y también el caos. Me despierta un impulso de ternura, me aleja de la indiferencia, me recuerda la ausencia de preocupaciones que los viejos griegos llamaban
