Salía a caminar con frecuencia sin objetivo preciso, justo por oponer resistencia al aturdimiento, levantar el culo de la silla y los ojos de la pantalla del ordenador, convencido de que la silla o el sofá encogen el plexo solar, hacen bajar la cabeza y plegarnos sobre nosotros mismos. El ejercicio físico era una excusa inocente, una concesión higiénica frente a la nocividad del hábito de escribir, una actividad sedentaria que obliga a dejar de tocar de pies en el suelo durante largas horas, castigar el culo y la vista a cambio de una volátil pretensión puramente literaria. La literatura y los libros pueden ser necesarios, pero no son la vida. Durante aquellas caminatas procuraba no adentrarme en cuestiones fundamentales, solo polemizar de paso conmigo mismo,
