Soy un ferviente adepto de los caminos de ronda de la Costa Brava, grandiosos en su humildad asomada a la gloria del paisaje de marina. Serpentean las sinuosidades de la costa con antiguas funciones de vigilancia, comunicación o contrabando, convertidos hoy en joyas del patrimonio natural por la belleza que brindan al caminante a la orilla del mar mientras le permiten vivir a ratos el sueño de la vida libre. No es lo mismo un paseo marítimo que un camino de ronda. Estos son las sabrosas pequeñas migajas caídas de la mesa del desordenado festín urbanístico litoral. Llevo décadas recorriéndolos con una emoción creciente y un ritmo de paso decreciente, sin pesadumbre alguna por los tiempos acelerados, en una especie de procesión