Ayer el amigo Quim Curbet me llevó a comer con una devoción particular a la fonda Can Reixach, al pie de la carretera que atraviesa el valle del Llémena, uno de los grandes bosques de robles y encinas más cercanos a la ciudad de Girona y por tanto destino tradicional de las comidas campestres de los gerundenses. Creí entender por qué me llevó. No era porque Can Reixach sea la casa natal de Josep Roca, el padre de los tres hermanos Roca del restaurante gerundense celebrado mundialmente. Creo que fue para mantener la sorda lucha de concepto entre los pequeños restaurantes de carretera y los galardonados como mejores del mundo
