Ayer compartí una botella de vino tinto malbec argentino y su sabor y aroma me hicieron entrever de nuevo con cierta ilusión la luz del viñedo privilegiado que crece al pie de la cordillera de los Andes. La calidad y la moda de los malbec argentinos han llevado a creer que el fruto de esta cepa francesa constituye un invento y una especialidad de aquel país austral. No es exactamente así, hay otros buenos malbecs en otras partes, pero Argentina ostenta sin lugar a dudas la mayor superficie plantada del mundo de esta variedad (30.000 hectáreas, sobre todo en la provincia de Mendoza) y a mi lo que me emociona es asociarlo con la luz, la fuerza y la franqueza de la cordillera de los Andes, que de vez en cuando extraño. La ciudad interior de Mendoza fue