El imaginario literario siempre ha ensalzado la figura el hombre libre inmerso en la naturaleza, solitario, feliz y a poder ser estipendiado. Los fareros fueron durante largas épocas los funcionarios del Estado que cumplían aquellos requisitos, un oficio legendario que la automatización de los faros ha suprimido. Sin embargo el mito persiste. El escritor francés Marc Pointud acaba de negociar una concesión para residir en el faro de Tévennec a cambio de rehabilitar su vivienda y convertirla en residencia temporal de artistas deseosos de aislarse literalmente, dado que se levanta en un islote frente a la costa bretona. Años atrás entrevisté