Algunas décadas viajé con regularidad a Argentina. Las obligaciones asociadas a mis estancias dejaban tiempo libre y lo dedicaba a vagar por itinerarios e intereses que los visitantes no suelen recorrer. Siempre he sido un amante de los supuestos saberes inútiles, empujado por una curiosidad que solo necesito argumentarme a mí mismo, sin más exigencia que destilar una satisfacción personal. Ahora conozco un poco al país y a algunos argentinos. He escrito algunos libros. No me sentía forastero en aquella tierra austral, para mi era como regresar a casa, a una de las casas. Tuve familia en Argentina, formé parte de aquellos círculos genéticos sin ninguna vacilación sentimental, ni suya ni mía. Hice allí recorridos diversos, excepto los turísticos. Nunca disimulé mi origen, pretensión que habría resultado inútil ante el acento fonético de gallego irredento que mi habla denota sin culpa. Como mucho intenté precisar la variante talanca (catalán en argot local al resve –-al revés). A veces, durante las sobremesas argentinas, mis interlocutores se sorprendían al escucharme aludir a la reforma educativa de Sarmiento, al estilo de tango bailado por Virulazo o a las particularidades de la carne de las
