31 mar. 2012

La estupidez de las “fronteras naturales” (1)

La obsesión de la monarquía francesa por delimitar el territorio mediante "fronteras naturales", como la del Pirineo, es una estupidez histórica y geográfica que solo pudo ser aplicada allí donde lo consintieron otras monarquías como la española, indiferente --o tal vez contentada—ante el hecho de ceder una parte de Cataluña a otro Estado que no tenía más argumento de peso que su superioridad militar, diplomática y administrativa. 
La corona francesa no lo logró con la "frontera natural" del norte, en Flandes, ya que las monarquías germánicas negociaban de otro modo que la española. Los catalanes roselloneses pasaron a ser franceses sin haberlo sido nunca ni desearlo. En cambio los walones, franceses por lengua y cultura, anexionados a Francia durante la etapa napoleónica y que se habrían integrado en ella gustosos, acabaron creando el minúsculo Estado-tampón de Bélgica, por la incapacidad francesa de imponerse a las potencias nórdicas, más
capacitadas para la negociación que la española.
La obsesión de situar en el Pirineo la política francesa de "fronteras naturales" tan solo podía apelar al precedente de la época romana, en que efectivamente se situaba en esa cordillera el límite entre la Galia e Hispania, pero prescindía de todos los siglos posteriores, durante los que se habían asentado mucho más largamente otras entidades como la catalana. 
Los franceses ya ocupaban en 1643 Salses, Perpiñán y Colliure. No se han movido de ahí. El Tratado de los Pirineos, que consagra la situación vigente, fue firmado el 7 de noviembre de 1659 en condiciones tristísimas, por la falta de interés y aptitud que mostró la corona española. El acuerdo cedía a Francia 4.000 de los 32.000 km2 de Cataluña y una quinta parte de su población. Es decir, todo el Rosellón, el Vallespir, el Conflent, el Capcir y la mitad de la Cerdaña. 
Así, la famosa "frontera natural" del sur se estableció artificialmente en el Pirineo, a 1.000 km de París, mientras la del norte quedó situada a apenas 200 km de la capital francesa y no en los límites naturales holandeses. Luis XIV, el Rey Sol, promulgó el 2 de abril de 1700 el edicto que prohibía el uso oficial del patois catalán en el Rosellón. La ciudad de Perpiñán, que había sido la segunda en dimensiones del Principado, ahora solo contaba la mitad de habitantes (unos 8.000), diezmados por la peste de 1642 y las guerras. El Rosellón recibió un estatuto francés de provincia extranjera, con aduana en las Corberas. Se vio cortado del mercado catalán por la nueva frontera política, perdió impulso económico y, replegado sobre sí mismo, se vio abocado a la agricultura de subsistencia. 
Luis XIV ofreció en repetidas ocasiones al rey español Carlos II la retrocesión del territorio rosellonés a cambio de recibir Flandes, que representaba una sangría para España. Pero Madrid prefirió la postura numantina, acompañada por la "idea luminosa" de recuperar el Rosellón por la vía militar. El Rosellón se convirtió en una pequeña provincia francesa sin capacidad de reacción. 
El general Franco protagonizó otro episodio grotesco. En 1940 pidió a Hitler la recuperación de la Cataluña francesa, el Marruecos francés, la región de Orán y Gibraltar, a cambio de entrar en guerra al lado del Eje germano-italiano y luchar contra las potencias aliadas que tenían la soberanía sobre aquellos territorios vinculados históricamente a España. El Führer consideró las exigencias desproporcionadas en comparación con la fuerza militar que podía ofrecerle Franco, quien había presentado tales reivindicaciones como maniobra de distracción ante el escaso deseo de involucrarse. Tampoco habría encontrado el más mínimo eco entre la población rosellonesa.

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