5 sept. 2012

Bajen el volumen del “Deutschland über alles”

El dogmatismo luterano, el celo mesiánico de austeridad, la obsesión compulsiva de disciplina presupuestaria es una filosofía moral rigorista. Los países endeudados son culpables, han pecado, deben expiarlo, deben pagar, deben redimirse. No se pueden salvar a los ineficientes Estados endeudados, al mismo tiempo que se salva al ineficiente sistema bancario occidental con inyecciones de dinero infinitamente más elevadas. A un lado un principio elemental: las deudas deben pagarse. Al otro la realidad: aquella norma ha conocido excepciones continuas y perpetuas, comenzando por la propia Alemania. Las monedas suelen tener dos caras, la realidad también. Veámoslo a continuación. Europa se ha convertido de nuevo en un continente marcado por la voluntad alemana de dominio. Primero fue con el militarismo, ahora con la economía. El desenlace de aquel militarismo es bien conocido, el del dominio económico empieza a serlo. El país europeo que ha destruido Europa dos veces en un siglo puede hacerlo una tercera, puede repetir
el mismo error de costos inhumanos, con formas diferentes. Tras la Primera Guerra Mundial escribía John Maynard Keynes: “La política de reducir Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y privar a toda una nación de la felicidad sería odiosa y detestable, aunque fuese posible y nos enriqueciera a nosotros”. Tras la Segunda Guerra Mundial el Plan Marshall inundó de dólares la reconstrucción del país que había devastado a unos cuantos a su alrededor y a sí mismo. 
El país más rescatado de todos y el que más ha rechazado pagar las deudas es precisamente Alemania. La deuda de 226.000 millones de marcos-oro que le fue impuesta como reparaciones de guerra por los aliados en 1919 para frenar su expansionismo se vio renegociada en 1930, reducida a la mitad y acto seguido condonada en un 98 % por la llamada Moratoria Hoover y por la Conferencia de Lausana. La misma condonación de la deuda alemana se repitió con las reparaciones de la siguiente guerra mundial, la segunda. Estados Unidos tuvo interés en una Alemania occidental próspera frente al bloque soviético. La mítica pujanza germánica se basó también en esas ayudas de los países acreedores, en la anulación de las deudas alemanas acumuladas. 
La creación de la Unió Europea no fue nada más que alzar una barrera contra un nuevo enfrentamiento entre sus miembros, del mismo modo que el Estado del bienestar una barrera contra el abuso de unas clases sociales sobre otras. La creación del euro fue la respuesta europea a la reunificación alemana de 1990, a la renacida fuerza expansiva del país hegemónico. Al cabo de pocos años el euro se ha convertido en un instrumento de dominio alemán casi colonial. Ahora Alemania tiene una nueva oportunidad de demostrar que su receta de austeridad a ultranza no está destinada exclusivamente a fortalecerse a sí misma en detrimento de los demás, que la solidaridad europea con los países asfixiados no es a cambio del pleno dominio germánico por tercera vez en un siglo, con resultados catastróficos.

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