30 sept. 2012

Entender a Buenos Aires, asunto pendiente

Buenos Aires aun no la he entendido. La he amado mucho, pero no la he entendido. El hecho de amar permite vivir intensamente algunas cosas –el gozo y también la vileza— pero no siempre entenderlas. Para eso habría sido preciso, tal vez, algo más de estabilidad. Las subidas de azúcar sentimentales han disfrutado de mayor prestigio que su decantación, los efluvios de más poesía que la mansedumbre, la exhalación más que la inhalación. El amor ha sido una pasión irrumpiente más que una arquitectura, un embate que ha destilado burbujas. Cuando me siento abrumado por la falta de explicaciones que acostumbra a ofrecer Buenos
Aires sobre su suerte cambiante, empalagado por el difícil equilibrio entre su destino y sus ciclos, procuro desalterarme atravesando la silenciosa pampa para mis trayectos interiores, quizás doblemente interiores. El espectáculo sin taquilla, pitagórico, grave y solitario de la pampa, de una monotonía asentadísima, logra engañar un poquito el regusto a óxido que deja la memoria al agitarse. En días así, salir a tomar el aire en la pampa ha sido un recurso higiénico. La capital argentina ha ensanchado mucho las dimensiones, pero de algún modo el empedrado de las calles todavía desemboca en la pampa, como en tiempos de Borges. Buenos Aires no es más que pampa con edificios encima, construida sobre la infinita almohada del humus deltaico. La magnitud de la cosmópolis de catorce millones de habitantes deja aun mucho terreno libre a su alrededor, varias provincias sumadas, para que se mantenga a pleno pulmón el “vértigo horizontal” del gran espejismo de la pampa, de la vida.

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