26 ago. 2013

Recuerdo de Desirée, la “splendide négresse”

Este cuento ganó el concurso de narraciones de la revista Vèlit y fue publicado en su número de Otoño 2005.

La casa de los amigos que me alojaban los primeros días en Bruselas se hallaba en una calle de la Porte de Namur tapizada por media docena de puticlubs congoleños de lujo, alineados puerta por puerta. Las ventanas de casa se asomaban a la hilera de bares y me entretenía contemplar el movimiento de entradas y salidas. Que uno de los tugurios se llamase Le Bateau Ivre me infundió la certeza de llegar a un país serio, capaz de aprovechar el título del poema de Rimbaud para bautizar un club de camareras. No se trataba de prostíbulos, sino de bares para tomar copas en desinhibida compañía, acompañada por alguna procacidad. Si el cliente alargaba billetes, tal vez le hacían alguna francesilla soluble al instante. Trabé amistad con algunas de las chicas, a veces bajaba a la calle y pegábamos la hebra o bien subían al mi piso a tomar un café, a cambiar de tema entre dos obligaciones, a relajarse con otra clase de interlocutor. Se aburrían y la
compañía de un joven estudiante alejado de la condición de cliente las ayudaba a pasar las horas. Tenían que mostrarse simpáticas por cláusula laboral y poderlo ser por elección les despertaba un cariño casi maternal.
Una congoleña guapísima, bien vestida y arreglada, acudía a los bares como cliente. La llamaban la splendide négresse y la trataban con cierta consideración. Era azafata de líneas aéreas y ejercía de amante --una de las amantes—de un ministro congoleño que le puso piso en Bruselas. Tal vez no era exactamente un ministro, tan solo un subsecretario o un vicepresidente de alguna compañía congoleña montada por los intereses occidentales con todo tipo de prebendas a favor de los representantes locales, oficialmente independientes, en el convulso país productor de materias primas estratégicas. Muchos nuevos ricos congoleños mantenían amantes en la capital de la antigua metrópoli, jóvenes europeas o congoleñas vestidas, peinadas y maquilladas en los establecimientos de la burguesía belga como revancha estética frente a todo lo que les había resultado inaccesible hasta entonces.
La spléndide negresse se hacía llamar Désirée, un nombre de oficio elegido sin voluntad de estilo. También se aburría mientras esperaba las llegadas cada vez más espaciadas del ministro y acudía a los bares a matar el tedio. Aunque los frecuentase en condición de clienta, se sentía más próxima a las chicas que a los usuarios. Por lo que hablé con ella, no extraía ninguna sensación de superioridad del estatuto de mantenida de lujo, tenía conciencia del carácter efímero del privilegio. No era ni siquiera una concubina titular. El baile de amantes de los ministros de la nueva corte congoleña era más agitado todavía que el de los propios ministros, con una final que podía ser nada plácido. Los recursos de supervivencia de los ministros tras ser expulsados del cargo resultaban, más que inciertos, a menudo dramáticos, mortales. Y la caída en desgracia de las amantes, una vez repatriadas, podía verse acompañada con gran sencillez estadística por la caída en cualquier osario anónimo.
Por eso Désirée mostraba una locuacidad, una franqueza y una prisa por encima de las demás chicas. Su envidiada apariencia era en realidad una delicada carne de cañón y lo entendía como algo sin escapatoria. Por eso reía, amaba y se apresuraba más. Me invitó a su casa con una sonrisa maliciosa. No era ningún apartamento de alto standing, el ministro no había invertido muchos miramientos. Nada más llegar Désirée se desnudó con la misma elegancia con que se vestía, el mismo dominio del efecto deseado, impelida por el aliento de divinidad pagana. Desnuda, al paso cadencioso de un trote corto, desfilaba por la casa con aire desenvuelto a la búsqueda de cualquier tontería, pasando ante mí para exhibir sus formas en plenitud.
Su arquitectura corporal y sus movimientos eran una ostentación del talento de la naturaleza. La negrura de su figura desmentía la idea oscura atribuida a ese color, visto a menudo como tenebroso, enlutado, sombrío, opaco. La satinada piel de Désirée, seguramente ungida por los mejores cosméticos, emitía un brillo candente, vivísimo, impregnado de claridad. Fulgía.
Enfrentados sobre la cama al contacto de ambos cuerpos desnudos, la admirable consistencia del suyo me empujó a un lento itinerario alimentado por el espejismo de poseer la belleza y penetrar en el enigma. Las palabras cedieron paso poco a poco a una expresión verbal paradójicamente más clara pese a basarse en interjeciones guturales lánguidas en algunos momentos, enardecidas en otros. El ritmo, la contracción y el volumen de aquel lenguaje se fueron acelerando hacia extremos llevados al límite, confrontados a su inminencia. Hasta que proyecté sobre la negrura de su piel el latigazo de un relámpago líquido que dibujó una pincelada blanca de contraste purísimo, de ternura fluida sin curso, energía sin destino, belleza sin raíz, amor sin luz. Nos seguimos viendo unas semanas. Luego no supe más de ella. Désirée no daba muchas explicaciones, porque posiblemente no las tenía.

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