11 sept. 2013

El presidente Allende y las grandes alamedas de la historia

Hoy se cumplen cuarenta años del golpe de estado militar del general Pinochet y de la muerte del presidente Salvador Allende. En mi último viaje me incliné ante su tumba en el Cementerio General de Santiago de Chile y dejé unas flores rojas. Tardé un poco en cumplir la promesa formulada por la canción que tarareaba una parte de mi generación: “Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes”. Lo hice una mañana de domingo radiante. La tumba de Allende es un monumento digno, dignísimo, en una de las plazuelas del principal cementerio de Santiago. Por encima de la cripta se alzan cuatro grandes palmas verticales de
mármol travertino y en el centro una mesa que podría servir de altar. La plataforma inclinada de esa mesa acoge una lápida de mármol negro, en la que se han inscrito las últimas palabras de Allende, radiadas instantes antes de morir en su despacho oficial del Palacio de la Moneda, mientras el edificio era bombardeado por los sediciosos: "Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile, en su destino, que superará con sus hombres este momento gris y amargo, sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor".
La parte posterior del mausoleo forma una especie de estrado, centrado por la inscripción mural "Salvador Allende Gossens: 1908-1973". Había aquel domingo varios ramos de flores al pie de su nombre, así como sobre la mesa con sus palabras y en la cripta. Primero fue enterrado de forma anónima en un nicho de la ciudad de Viña del Mar y solo en 1990 recibió esta sepultura honrosa, el día en que se cumplía el vigésimo aniversario de su elección a la presidencia como candidato de la coalición Unidad Popular. Tres años después de aquella elección su programa de reformas sociales fue pisoteado por la dictadura militar, durante un larguísimo período de diecisiete años en el poder. En 1990 se inició el temeroso, lento y controlado retorno a los mecanismos de convivencia civilizada. 
Coincidí ante la tumba de Allende con algún chileno y algún extranjero que se recogían y dejaban flores de forma discreta, sin aspavientos ni ostentaciones. Flotaba en el aire el pacto de evitar revanchas. Cumplí la promesa que formulaba la canción de Pablo Milanés, aunque comprendí que otras estrofas que tarareábamos durante aquellos diecisiete ominosos años no sirven una vez llegado el momento de la aplicación a la práctica, el momento de la confrontación con la realidad. Los traidores no han pagado sus crímenes ni se ha vuelto al punto de partida del 11 de septiembre de 1973. 
Todos, siempre, salimos tiznados de una dictadura. No sé si por las grandes alamedas de Santiago --por el espinazo urbano de la célebre Alameda—se ha abierto paso completamente el hombre libre. En realidad la Alameda es una arteria ruidosa y contaminada por donde no pasea casi ninguno de los cuatro millones de habitantes de la capital. Caminé alrededor del Palacio de la Moneda, me sumergí en el eje comercial de peatones del Paseo de Ahumada, rodeé la concurrida Plaza de Armas y subí en funicular al Cerro de San Cristóbal para contemplar en panorámica el llano cuadriculado de la capital chilena al pie de los Andes. Desde aquel punto de observación la ciudad empañada por la polución parecía un gran cenicero lleno. 
Cumplí la promesa y ratifiqué que la verdad cotidiana difícilmente casa con las grandes verdades. Una vez sentados cuatro principios elementales e innegociables, la realidad se modela siempre con la suma de verdades muy pequeñas, incluso de medias verdades, de compromisos. Marché de Santiago con la impresión de que se han abierto un poco las relativamente grandes alamedas para dejar paso incierto al hombre en parte libre e intentar construir una sociedad de mal menor. En mi peregrinación chilena dejé de lado algunos eslóganes y mitos, gané una nueva dosis de respeto por el derecho a ser gobernados en libertad, en discreción, en estabilidad, en democracia imperfecta. En aquel momento gobernaba la primera mujer elegida presidenta de un país en ese continente, hija de un militar torturado y asesinado por sus colegas. Ahora se presenta de nuevo.

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