22 ene. 2014

Ayer por la mañana sentí un aire de primavera en la cara

Ayer por la mañana, al salir de casa, me sorprendió sentir en los poros de la mejilla un incipiente aire de primavera. Poca cosa, una sensación tenue y sin embargo clara, viva, tensa, indiscutible. Era sin confusión un incipiente aire de primavera, una pálpito tibio de vida, un vuelco preciso, insospechado, metódico y cumplidor. Sí, ya sé que faltan dos meses para el equinoccio del 20 de marzo y que estos últimos años los peores fríos, temporales y nevadas han venido muy tarde, a las puertas del cambio de estación, bien entrado el marzo marzote. Tal vez el de ayer por la mañana fuese un aire frágil, un rubor fugaz, reticente y a traición, pero lo percibí en los poros de la mejilla. Me
detuve un instante embelesado y perplejo, hay detalles que merecen una pausa. Rspiré hondo y  confirmé que no era una pulsión lírica mía, una predisposición biológica personal, una sugestión anímica, una ensoñación entusiasta y ávida, un wishful thinking invocado a título propiciatorio. No, era efectivamente un soplo fluyente de aire de primavera, un trémolo jubiloso de la atmosfera ceñido al principio de realidad, una clima matinal más endulzado de aristas y “al dente”, menos harinoso, entumecido, aturdido, bronquítico y doliente que las semanas anteriores. Lo saludé con un brinco del corazón, sin confiar del todo en la alegría apenas naciente, pero saboreando su punto acerado de vitalidad.
Comprobé que los naranjos de mi calle, en pleno invierno, están cargados de fruta colorida y luminosa. Sé que la mimosa y los almendros han florecido en los puntos resguardados del país, como una amabilidad de la naturaleza, empezando por la solana del Vallespir y el centro de la vieja Mallorca de secano. La última luna llena de la semana pasada, el 16 de enero, se presentó a la cita adormecida por el velo de nubes, sin aquella turgencia rutilante de los mejores cielos de invierno, con una pose de misterio escurridizo como los “Nocturnos” de Chopin o el “Winterreise” de Schubert, lo cual no es forzosamente mala señal.
Cavilé que los sembrados deben empezar a lucir un vello púber y que las habas de oreja tiesa despuntarán pronto las flores blancas de ojo de liebre. Quizás aun tocaremos nieve fuera de las reservas de las estaciones de esquí y veremos escarcha fuera de los Telediarios. Pero, pocos días después del primer reclamo del cuco, se dejará escuchar de noche en el bosque el ruiseñor con una melodía en crescendo. 
De momento sentí en los poros de la mejilla una premonición y me pareció solvente. Poco rato después de notar el primer aire de primavera al salir de casa, se impuso la plenitud de un sol radiante que pintó la atmósfera invernal con un brillo de miel fresca y contrapunteó los grises, los lúcidos grises del invierno, la materia gris de los colores con una destreza de trazo que convertía la sobriedad en un lujo plateado.
El sol de invierno es el más amoroso, el de mayor mérito, el más sabiamente luminoso, el que administra mejor su fuerza. Seguro que de Sant Feliu de Guíxols arriba soplaba tramontana y de Reus abajo mistral, dos ramas bifurcadas del mismo viento pirenaico que propicia estas luminosidades barridas de miasmas y poluciones. 
Fue un simple instante al salir de casa, pero la sensación de que el aire empezaba a dar el vuelco me pareció inequívoca. La primavera no es solamente una previsión meteorológica ni un decorado. También es una sensación, un impulso, una voto confiado y creíble de renacimiento.

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