Ayer por la mañana, al salir de casa, me sorprendió sentir en los poros de la mejilla un incipiente aire de primavera. Poca cosa, una sensación tenue y sin embargo clara, viva, tensa, indiscutible. Era sin confusión un incipiente aire de primavera, una pálpito tibio de vida, un vuelco preciso, insospechado, metódico y cumplidor. Sí, ya sé que faltan dos meses para el equinoccio del 20 de marzo y que estos últimos años los peores fríos, temporales y nevadas han venido muy tarde, a las puertas del cambio de estación, bien entrado el marzo marzote. Tal vez el de ayer por la mañana fuese un aire frágil, un rubor fugaz, reticente y a traición, pero lo percibí en los poros de la mejilla. Me
