4 nov. 2014

El capital en el siglo XXI, un mal negocio para la mayoría

Es difícil que un joven profesor francés publique un tratado de historia económica que se convierta al cabo de pocos meses en obra de referencia mundial. Lo ha logrado el millar de páginas del libro El capital en el siglo XXI, escritas por Thomas Piketty, con impacto sorprendente en Estados Unidos y de rebote en todo el mundo, por el hecho de demostrar científicamente lo que todos intuían, tanto en círculos especializados como en la calle. Publicado en setiembre de 2013 en Francia y al mes siguiente en Estados Unidos (a mediados de mayo ya ocupaba el primer lugar de los libros más vendidos del portal Amazon), la obra consigue con brillo inusual exponer a través de una masa inédita de series estadísticas, recogidas en más
de veinte países desde el siglo XVIII, que la tasa de crecimiento de las rentas del capital ha aumentado más rápidamente durante estos tres últimos siglos que el crecimiento de la renta nacional de cada país, con la única excepción temporal de las políticas keynesianas del período del New Deal y el momento del nacimiento del efímero Estado del bienestar. El libro prueba cómo la acumulación del capital privado ha conducido a una concentración cada vez mayor de la riqueza en manos de menos personas y que la velocidad de incremento de la desigualdad es cada día más alta.
El economista francés no se limita al diagnóstico. Ofrece a la vez un tratamiento, una solución clara y factible para salvar el sistema imperante, recuperar el control de la economía y defender el modelo social democrático. Se trata de tasar debidamente a las rentas del capital, aumentar los impuestos a los más ricos, instaurar un impuesto mundial progresivo sobre el capital (inmobiliario, industrial, bursátil o financiero), que oscile del 0,1% para los patrimonios privados inferiores al millón de euros hasta el 5% para fortunas de centenares de millones que crecen anualmente entre un 6% y un 8%. Naturalmente, ha precisado defenderse de las acusaciones neoliberales que lo tildan de marxista, aclarar que ni siquiera ha leído El capital y que toda su ideología se basa en el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, del 1789: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales solo pueden fundarse en el bien común”. 
Nacido en Clichy (París) en 1971, hijo de militantes trotskistas del grupo Lutte Ouvrière, Thomas Piketty se crió en la ciudad de Tours. Regresó a París para ingresar a los 18 años en la Escuela Normal Superior y en la Escuela Politécnica. De 1993 a 1995 realizó dos cursos de investigación en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), en 2002 ya recibió el premio de mejor joven economista de Francia y en 2005 el encargo de crear la Escuela de Economía de París (alojada primero en el templo de la inteligencia francesa que es la Escuela Normal Superior de la Rue d’Ulm y hoy trasladada al Boulevard Jourdan), capaz de rivalizar más o menos con la London School of Economics –donde redactó una parte de su tesis de doctorado— y con el MIT. 
A raíz de la aparición de El capital en el siglo XXI, Piketty manifestó: “Nunca tuve tentaciones comunistas, creo bastante profundamente en la propiedad privada y las fuerzas del mercado, pero también en que es preciso reducir las desigualdades del capitalismo al servicio del interés general. Mi generación es la primera que no ha conocido la guerra fría. Si algunos viven instalados en ella, es su problema, no el mío” [El País, 16-10-2014]. 
La segunda crítica contra el autor intentó revestirse de carácter puramente técnico. El Financial Times, biblia de los mercados británicos, saludó en primera instancia a este trabajo de una “importancia extraordinaria”, en palabras del editorialista Martin Wolf. Acto seguido recurrió a otro de sus mejores comentaristas, Chris Gilles, para poner en tela de juicio la labor de Piketty aduciendo pequeños errores en les series estadísticas, maniobra que fue criticada por The Economist
La repercusión del libro pone de relieve que aquello que expone no es una cuestión económica ni moral, sino genuinamente política: la desigualdad en aumento constante amenaza a la propia base de la democracia, que es la economía de mercado y la justicia y la cohesión sociales. El mito fundacional consistente en creer que el capitalismo mejora la vida de todos no es cierto. El neoliberalismo, el progreso técnico y el crecimiento moderno llevan a la ruina social, no a una estabilización beneficiosa para todos de las fases avanzadas de desarrollo. El capitalismo produce mecánicamente desigualdad antidemocrática, que solo puede ser corregida por el retorno del Estado y las políticas públicas, suponiendo que existan con un grado suficiente de eficacia, más allá de las declaraciones de intenciones en período electoral. 
Thomas Piketty confirma estadísticamente en el siglo XXI aquello que sospechaban el siglo XIX David Ricardo y Carlos Marx: los terratenientes primero o los capitalistas industriales después se apropiarían de una parte creciente de la producción y las rentas, con el consiguiente desequilibrio social. Antes que Piketty lo proclamó  uno de los hombres más ricos del mundo, el multimillonario norteamericano Warren Buffet, cuando el 25 de mayo 2005 declaró en una entrevista a la CNN, citada por el New York Times el 26 de noviembre de 2006: “Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la de los ricos, quien la está llevando a cabo y la está ganando”. 
Al mismo tiempo que se reclama heredero de la “historia total” de la Escuela de los Anales, el libro de Piketty está sembrado de referencias literarias, no solo de estadísticas, notas, gráficos y fórmulas matemáticas, como si la historia económica pudiese contener igualmente una reflexión literaria de profundidad. Se refiere especialmente a cómo Jane Austen, Honoré de Balzac y Henry James retratan la situación económica de sus personajes. No lo hace de manera anecdótica ni meramente ilustrativa, sino a menudo crucial en el despliegue de la tesis del libro. 
Como autor francés, Piketty se detiene algo más en el personaje novelesco de Eugène de Rastignac que Balzac construye en Le Père Goriot, dentro de su fresco de la Comedia Humana sobre la sociedad corrompida por el dinero, en particular el dinero heredado. En aquel libro de 1835 el cínico Vautrin persuade al joven Rastignac que, si debe escoger entre el fruto del trabajo y el éxito social, le conviene más casarse con la acomodada heredera Victorine que estudiar e intentar ascender por méritos propios. Si se casa con ella, argumenta Balzac con exactitud a través de Vautrin, controlará a sus tiernos veinte años de edad un patrimonio de un millón de francos que le procurará una renta anual de 50.000 francos, alrededor de un 5% del capital. De este modo obtendrá un bienestar material diez veces más elevado que lo que conseguiría al cabo de los años esforzadamente si prosperase en su carrera de abogado. 
Balzac, como Ricardo y como Marx, también había entendido lo que ahora demuestra Piketty con repercusión mundial inusitada.

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