19 nov. 2014

La lágrima de cada mañana, sin más importancia que la natural

Cuando salgo de casa por la mañana, con el frío de la calle suele aparecer una tímida lágrima en la comisura de mis ojos. Es natural, la película lacrimal se irrita al entrar en contacto con el frío y reacciona. Primero me molestaba, en invierno siempre debo andar con kleenex en el bolsillo. Me daba media vergüenza que me viesen lagrimear. El oculista no le dio importancia ni remedio, pero me informó que en oftalmología el fenómeno se denomina epífora. He acabado por acostumbrarme a mi epífora, la veo como una molestia que me hace compañía. Incluso le he encontrado el lado positivo: se trata de una reacción beneficiosa del ojo para mantenerse humectado, despierto y en estado de rendimiento. No es preciso hacer de ello un drama. De mañanita, en invierno, lagrimeo un poco al salir a la calle. No es preciso darle más vueltas, es poca cosa. La aparición de la sensación húmeda en el rostro parece como si reclamase el derecho a llorar por causas
naturales, cotidianas, rutinarias. Algunos días la lagrimita, si no le pongo pronto remedio con el pañuelo, empieza a rodar por la mejilla y tengo que atraparla al vuelo, a medio recorrido, antes de que se embale.
Tal vez me he acostumbrado demasiado. Ahora la echo de menos si alguna mañana de clima más propicio no hace aparición en la comisura de mis ojos. Se ha convertido en un indicio de la capacidad de reaccionar para adaptarse al mundo exterior. La mirada tiene sus fluidos y no siempre son de tristeza ni desespero. No dramaticemos con las lágrimas. Al contrario, esas tan matinales representan una especie de saludo, de lubricante, de bienvenida al aire libre, de minúsculo peaje por el contacto con la realidad y sus variaciones de temperatura ambiente. 
A veces las recibo con alguna canción, que murmuro para el cuello de mi camisa mientras doy los primeros pasos por la calle. Procuro que la letra o la melodía guarden relación con su aparición, aunque cualquier alusión a las lágrimas suela ser dramática en la versión tradicional y prácticamente inevitable. Algunos días me emociono en exceso y lo dejo correr, porque la intención era saludar a mis lágrima, no mitificarla.
A menudo me viene a la mente en esos instantes el grandísimo y sucinto fado “Lágrima”, una de las letras más bellas del mundo, escrita por Amália Rodrigues sobre una música del guitarrista Carlos Gonçalves: “Cheia de penas me deito e com mais penas me levanto... No meu peito, ja me ficou no meu peito este jeito de querer tanto! Desespero, tenho por meu desespero dentro de mim o castigo. Eu não te quero, eu digo que não te quero e de noite sonho contigo. Se considero que um dia hei de morrer no desespero que tenho de te não ver estendo o meu xaile no chao e deixo-me adormecer. Se eu soubesse que morrendo tu me havias de chorar, por uma lagrima, que alegría, me deixaria matar”. 
El tema ha conocido muchas versiones grabadas. Incontables cantantes de distintos géneros y países se han considerado obligados a versionarlo como una especie de apoteosis. Ese es el problema. Nadie como Amália ha sabido interpretarlo con la apoteosis de la lágrima justa y natural.

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