9 abr. 2015

Los cipreses vistos como obra maestra, en las afueras de Montepulciano

La belleza y la vejez del ciprés alcanza la máxima expresión como camino humilde y a la vez triunfal que conduce con gran inteligencia escenográfica a la iglesia de San Biagio, en las afueras de Montepulciano, una obra maestra del Renacimiento debida al arquitecto Antonio Sangallo el Viejo, un milagro artístico del Cinquecento toscano, de una dicción estilística y volumétrica extraodinariamente nítida. Su armonía de líneas y la grandiosidad de proporciones se ve realzada por el hecho de encontrarse a cuatro vientos en de la soledad de un prado, en un solo bloque compacto recubierto por una calma soleada y provincial, rodeado de instintos plácidos y viables que parecen dormir el dulce sueño de los angelitos rurales. El edificio se inspira, a más pequeña escala, en el proyecto del
arquitecto Donato Bramante para la basílica de San Pedro del Vaticano que no se llevó a cabo. Hoy permite comprobar cómo las fachadas de carnal mármol travertino incorporan el paso del tiempo y hacen de él un mérito, cómo absorben la luz solar cambiante de cada segmento del día y doran las paredes con las diferentes intensidades del tostado, del rojizo al pajoso, en una prodigiosa gama de matices cutáneos y sfumature que abandonan la noción empírica de color y se convierten en un estado de espíritu, una calidez ambiental.
Se acostumbra a centrar la nobleza y la majestuosidad de San Biagio, en las afueras inmediatas de Montepulciano, desde donde se llega calmosamente a pie, en la prodigiosa intervención arquitectónica de Sangallo. Eso constituye un punto de vista demasiado academicista. La rara armonía del lugar está protagonizada igualmente por el recurso al camino de cipreses que desemboca de manera muy intencionada. 
El camino de empedrado que restauran periódicamente lleva actualmente el nombre de Viale della Rimembranza, porque al pie de cada árbol han colocado una pequeña placa en memoria de soldados italianos caídos en la Primera Guerra Mundial (en aquella ocasión lucharon junto a las potencias democráticas aliadea). La iniciativa memorialística es discreta y no altera el papel principal que juega la silueta exquisita de los cipreses, de una esbeltez viva y asentada, de una gran sobriedad –si así desea verse— que no es en ningún caso fúnebre ni severa. No hay en la naturaleza ningún árbol sepulcral mientras le corra savia por las venas y la biología lo mantenga en pie. 
Soy un fervoroso admirador de los cipreses en la Toscana, el Ampurdán y el conjunto del Mediterráneo, de su elegancia afilada, lírica y erecta. El ciprés es un llameante obelisco vegetal de líneas puras y densas como una flecha –o como un paraguas cerrado, si se quiere--, de un verde oscuro perenne replegado sobre sí mismo, con ramas como escamas adheridas al tronco resinoso. Algunos han querido verle un carácter melancólico y funeral que yo no le he encontrado nunca. Al contrario, siempre pienso que es el único árbol del que nadie podría colgarse. 
Los cipreses subrayan y balizan el paisaje, como signos ortográficos de puntos de admiración de su prosodia. No ofrecen sombra ni fruto aprovechable, sin embargo han tenido y tienen muchas funciones. Una de ellas como símbolo funerario remonta a griegos y romanos, visto como guardián tutelar por su espléndida vejez, prenda de paz y eternidad. Ha sido utilizado igualmente como símbolo de hospitalidad a la entrada de las casas de campo, como árbol de hilera a lo largo de caminos predilectos o como barrera vegetal para proteger del viento a huertos y sembrados. En San Biagio, a las afueras de Montepulciano, forman parte de pleno derecho de la atmósfera de una obra maestra.

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