14 jul. 2015

Hoy es el 14 Juillet: “le jour de gloire est arrivé”, más o menos

La fiesta nacional francesa del 14 Juillet celebra con “bals popus” en cada municipio del país vecino y proliferación de banderitas la toma de la Bastilla parisina tal fecha como hoy, la Revolución de 1789 que aun se escribe en mayúscula. De pequeño en mi casa escuchaba decir a mis padres: “Si el tamborero del Bruc se hubiese tocado otra cosa en vez del tambor, ahora seríamos franceses”. La intención de sus palabras no dejaba lugar a dudas, lo decían con un claro sentido de oportunidad perdida. No eran afrancesados por ningún tipo de destilación ideológica, sino por simple inclinación. La dictadura franquista ponía manifiestamente de relieve que
Francia era un país más avanzado El afrancesamiento sentimental era una reacción espontánea.
Una parte de los catalanes y de los españoles somos europeos desubicados y el hecho de estar colgados geográficamente al continente nos ha salvado de formar parte del continente siguiente. Pero este artículo no es un panfleto, sino un intento de conocer al vecino, con sus aspectos envidiables, contradictorios o ridículos. 
Francia fue el reino más potente y poblado de Europa durante el siglo XVII del Rey Sol, cuando la monarquía española languidecía. También fue a comienzos del XIX, con Napoleón, el más vasto imperio europeo. Hoy representa la quinta o la sexta potencia económica mundial (tras Estados Unidos, China, Rusia y Alemania, empatada con el Reino Unido) y bajar de escalafón no siempre resulta cómodo. Sigue siendo el segundo país más poblado de Europa occidental (65 millones de habitantes), solo por detrás de la Alemania reunificada (80 millones). Se trata de un país central, dotado con una renta de situación histórica y geográfica. París es una de las ciudades más visitadas del mundo. 
Ante el actual predominio anglosajón han surgido incontables teorías sobre el déclin, el declive, la decadencia, el ocaso de Francia. El declinismo nacional galvaniza a su alrededor algunas evidencias, muchos gestos de coquetería y algunos ataques de cuernos. Llevamos siglos hablando del “mal francés”, sobre todo desde 1789 y sobre todo en las potencias vecinas. No pasa un solo año sin que aparezca un nuevo estudio sobre el fenómeno para sacudir las columnas del templo de la grandeur. Desde el libro Le Mal français del ministro Alain Peyreffite en 1976 —por no remontar más arriba— la lista es infinita y densa. Representa asimismo un indicio de materia viva. 
Claudia Senik, profesora de la Sorbona y de la Escuela de Economía de París (la de Thomas Piketty), demostraba en 2014 en el libro L’économie du bonheur que ser francés reduce en un 20% la probabilidad de reconocerse feliz, en comparación con otros ciudadanos de todo el mundo con las mismas rentas. Lo atribuía a la sensación de carencia de un pasado que fue más glorioso y a la frustración –o los celos— en comparación con otros países ascendentes.
La cantinela del déclin también ha servido para que los neoliberales devotos del french bashing --la denigración de Francia-- intenten abatir la fortaleza del sector público francés con acusaciones de burocracia administrativa, corporativismo anquilosado y nacionalismo arcaico. La tradición moderna francesa cree en el Estado, el neoliberalismo no. 
Francia es el vecino de Catalunya y de España, el primer mercado exterior de Catalunya y de España, con diferencia sobre el siguiente. Una parte del territorio catalán se halla en Francia desde el Tratado de los Pirineos de 1659. No siempre es fácil alcanzar un acuerdo con el vecino, menos aun un entendimiento. Como mucho se guardan las formas de urbanidad de la indiferencia o el desconocimiento mutuo a pesar de la proximidad. Los prejuicios, igual que la energía, no se crean ni se destruyen, solo se transforman. 
Los contactos interfronterizos –sobre todo cuando las fronteras fluctúan— no siempre generan amistades. Las rayas divisorias suelen polarizar las propagandas de ambos lados como un palo de gallinero. Las fronteras sirven para marcar diferencias basadas en hechos o en estereotipos. Las relaciones entre vecinos están marcadas con frecuencia por el recelo. Eso no impide que a veces comportan intercambios provechosos, junto a los conflictos. Vecino no siempre es sinónimo de enemigo natural.



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