5 dic. 2015

La primavera no es noticia, otra lección de periodismo

La Universitat Ramon Llull acaba de editar un nuevo libro de artículos del periodista Lorenzo Gomis a raíz del décimo aniversario del fallecimiento, con un título que lo dice todo sobre su articulismo: La primavera no es noticia. Antes de ser periodista había sido y seguía siendo poeta, laureado poeta. Se notaba en sus clases , cuando le tuve de profesor en la Escuela de Periodismo, donde conocí asimismo a su mujer --su tándem-- Roser Bofill de estudiante en aquellas mismas aulas. El libro La primavera no es noticia ha optado por antologar sus artículos sobre periodismo, dado que lo edita una facultad universitaria que los utiliza como material de estudio. La opción desdibuja en exceso otra de las más altas especialidades del Gomis de los últimos años, cuando hablaba con regularidad en la colaboración fija de los lunes en La Vanguardia de su vida doméstica cotidiana, la familia, las hijas, los nietos. En este último terreno despuntó igual o más aun –por la escasa
frecuencia del tema entre todos los demás articulistas— que en la reflexión sobre el periodismo. Escribir en la prensa sobre la vida cotidiana familiar con la insistencia, la elegancia y la amenidad de Gomis se convirtió en característica un estilo que pocos más han cultivado. 
Muchos años después de recibir sus clases en la Escuela de Periodismo, gocé de la hospitalidad de Llorenç Gomis y Roser Bofillrn su casa de Can Balet, en la pedanía de las Paitides de Viladrau, en el corazón del Montseny más literario y noucentista de Guerau de Liost. Pese ser invitado por una de las hijas y su cónyuge, mantuve ratos de conversación con los padres mientras tomábamos el te o la tisana bajo los tilos y el roble del jardín. El entusiasmo de Roser Bofill siempre contrastó –y encajó admirablemente— con la circunspección de Llorenç. 
Él lo observaba todo con la mirada penetrante y perspicaz de sus ojillos vivos, movidos por una recóndita avidez. Se abstenía de opinar o más aun de juzgar en voz alta. Llevaba la sonrisa siempre puesta, una sonrisa de natural discretísimo, pero presente. Escuchaba y respondía siempre con aquella misma media sonrisa indulgente, casi principesca. Era un hombre reflexivo y contemporizador, sustentado por el torbellino de la compañera de su vida y el correteo generacional de las cuatro hijas.
Recuerdo la pose de atención ante el interlocutor y las frases que alcanzaba a pronunciar durante la conversación sin deshacer el esbozo de media sonrisa en la comisura de los labios. Ostentaba desde joven una calvicie senatorial y una pulcra barba tipo collier, sin bigote, más elegante todavía que la de Josep M. Castellet, si eso fuese imaginable.
Era un hombre aparentemente beatífico. Había aprendido a ser condescendiente. Se había contagiado del viejo noucentisme señorial del Montseny de Guerau de Liost, mientras nosotros juzgábamos a troche y moche con una facilidad escandalosa, destinada con facilidad a estrellarse. 
Al reseñar en la prensa la aparición de sus memorias en 1966, me pregunté: “Toda la visión de una existencia queda marcada por el espíritu de inalterable amabilidad en cualquier circunstancia. ¿Y eso existe? La vida y la trayectoria profesional ¿no están hechas también de contradicciones, conflictos, alguna subida de tensión, algún pecado de ira ni que sea venial? Llorenç Gomis prefiere recordar de manera intencionadamente amable. Es una opción. Algunos no aprenderemos nunca, llevados por la funesta manía de buscar detrás de las apariencias, de matizar, de importunar. De este modo no seremos nunca sencillos ni pacíficos. En cambio, para Gomis la vida y su memoria pueden llegar a ser vistas como un ejercicio de estilo” (Avui, 4 d’abril de 1996). 
El 31 de diciembre de 2005 me encontraba en Palermo, dentro de la escapada siciliana que mantenía como costumbre durante las fechas vacantes de Fin de Año. En la habitación del hotel recibí la llamada de la médica de cabecera y amiga que compartíamos Gomis y yo, casualmente. Deseaba comunicarme, con voz temblorosa, que acababa de firmar su certificado de defunción.
Aquella noche, insomne, pensé largamente en todos los papeles que jugó este hombre, en aquellos ojillos que lo escrutaban todo. Hoy vuelvo a recordarlo mientras leo La primavera no es noticia recién impreso. Conozco poco su poesía, en cambio guardo algunos de aquellos artículos de la última etapa en que hacía la apología de las escenas cotidianas de familia, de la condición de abuelo y la vida beata en el Montseny. Son mi pequeña antología, mi pequeña parte retenida de su lección.

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